Esta mañana pensé, mientras atravesaba el túnel que conduce de la estación Universidades a la de Aguas, que el silencio, no silencioso, en ese lugar, es hermoso. Cosa curiosa, pues al mismo tiempo iba estresada porque no podía escuchar cómo Julio Sánchez Cristo preguntaba afanado a sus colegas desplegados por el mundo qué habían dicho los medios locales sobre la firma del segundo punto de las charlas de paz entre el gobierno y las FARC.
En realidad, a lo largo del recorrido en el bus rojo, cambio
de emisora constantemente. A veces
escucho Blu, pero por alguna razón la señal llega difusa a mi celular. Sintonizo
de vez en cuando alguna estación
musical, esperando que suene alguna canción que me gusta; no sé por qué lo
hago, si en las mañanas lo único que se escucha son las sandeces de los
locutores.
En fin, sé por costumbre que al atravesar aquel túnel la
señal se pierde; sólo se alcanzan a escuchar pequeños fragmentos cuando paso
debajo de unos cilindros, ubicados en la parte superior, que permiten la
entrada de luz al lugar subterráneo. Sin embargo, bajo el concreto y entre los
ladrillos, que es la mayor parte de aquel pequeño recorrido, no se escucha
nada.
Así que mientras iba caminando, acompañada de mi estrés
diario por perder la señal, me percaté del silencio, no silencioso, del túnel.
Me quité los audífonos, algo que nunca suelo hacer, y vi a mi alrededor. Escuché
por primera vez aquel lugar por el que camino todos los días. Los pasos, sobre
el piso húmedo, rápidos y minuciosos.
Todos tenían afán de llegar. También se oían suspiros. Podría imaginar que provenían
de la desazón de saber que se dirigían al mismo lugar, a hacer lo mismo que
todos los días. Y ¿por qué no? Suspiros de saber que al llegar a su destino se
encontrarían con alguien que les produciría una sonrisa. También escuché cómo
algunos hablaban. Suertudos que vienen acompañados, lo cual hace de su viaje más
ameno y menos tedioso. No me percaté en las palabras, mas sí de la entonación
con la que salían de los labios. Eran susurros, voz baja y misteriosa; a pesar
de ello, alegría en un día lluvioso y frío.
Sin embargo, el silencio se apoderó del espacio. Nadie hacía
ruido: sus pasos rápidos y acelerados se quedaron mudos, y los suspiros se desvanecieron,
y susurraron y bajaron la voz de tal
forma que sin darse cuenta, dejaron de hablar. Mi estrés se desvaneció, se me
olvidó la presentación de mi clase de siete y el afán de Julio Sánchez. Bajé la
velocidad de mi caminar e hice el menor ruido posible al poner un pie frente al
otro. Casi me resbalo debido al piso húmedo y olvidé por completo que bajo los
cilindros, ubicados en la parte superior del túnel, por donde entra la luz, la
señal llega débil pero algo se puede escuchar. Entonces el tiempo pareció
infinito, al igual que el recorrido, y pude disfrutar del silencio.
El día corrió, sin silencio por supuesto. Durante toda la clase
de siete hubo charlas. Más tarde en la biblioteca, a pesar de que está
prohibido, muchos hablaban, reían y preguntaban por libros que no habían
encontrado en las estanterías. Me incluyo, pues, de vez en cuando, David y yo
coincidimos al levantar la cabeza de la Sentencia de la clase de mañana, para
quejarnos porque la condenada es de
sesenta páginas, tediosa y repetitiva. En la clase final, como siempre, terminamos
hablando de feminidad.
Al salir de la universidad, a las cinco de la tarde, sabía
que sería horrorosa la vuelta a mi casa. Los Transmilenios se vuelven
insoportables en hora pico y el odio y la rabia se fortalecen. Salen a relucir cuando
uno está desprevenido y las puertas se abren; y todos salen y nadie entra, y
uno quiere salir y nadie lo deja. Eso sucedió cuando me iba a bajar del Transmilenio
que me sube de la estación Museo del Oro a Aguas.
Volví a encontrarme con el túnel. Otra vez llevaba puestos
los audífonos e iba escuchando La X, porque a esa hora pasan ochenteras que me
llenan de alegría. Tras la experiencia de la mañana, la cual aún calaba en mi
cabeza, decidí dejar de lado la música e intentar volver a sentir lo mismo.
No fue posible, pero creo que sucedió algo igual de mágico. Caminé buscando
silencios no silenciosos sin éxito, pero a medida que iba avanzando, una
melodía penetraba en mi piel. Caminé más y más rápido hasta encontrarla: una
banda subterránea de Jazz. Simples saxofón, trompeta y guitarra (conectada a un
minúsculo parlante) que llenaban el lugar
con sus disonantes y desordenadas notas. Underground,
descomplicados, simples aquellos músicos.
Los escuché un rato, porque a las
cinco de la tarde ellos se convirtieron en los pasos, los susurros y las conversaciones
de las siete de la mañana.
Salí del túnel, esperé un rato el Transmilenio, recordé que
llevaba la radio del celular prendida, me puse los audífonos de nuevo.
Selling The Drama de Live.
No hay comentarios:
Publicar un comentario