Bogotá, 10 de octubre de 2010
Sres. Lectores
Yo, Esta Escritora, he decidido poner fin al mito de
que todo durante las épocas jóvenes fue mejor.
A continuación se encontrarán con algunas anécdotas, reales, relatadas fielmente a los hechos y
que pretenden mostrar el lado oscuro de la niñez. Sé que muchos de ustedes, por no decir todos,
conocen a la protagonista de los siguientes eventos; también conozco de
antemano su fidelidad hacia ella.
Sin más que decir, ante ustedes presento los sucesos a
los que me refiero, dejando abierta la posibilidad de debate.
Hace ya varios años, tuve el infortunio de conocer a
la persona más maliciosa que haya existido. No sé su edad, pues es un misterio,
aunque de los doce no pasa; lo que sí recuerdo con exactitud es su nombre, y
cada vez que lo evoco mis pupilas suben hacía arriba, miran al techo y se
preguntan entre ellas -¿Por qué esta mujer fue amiga de esa niña?- Infancia. El
nombre de esa persona es Infancia.
La conocí cuando llegué al colegio, si no estoy mal en
tercero de primaria. El primer día ella
llegó a mi puesto y me acogió con una gran sonrisa, preguntó por mi nombre y
procedencia para finalizar con una amable presentación de sí misma. Lo hizo ver
todo fácil, alegre, mágico. Creí por un momento que mi estancia en el nuevo
instituto sería maravillosa. Por unos días lo fue; sin embargo, empecé a notar
que mi nueva compañera no era lo que me había parecido en un principio.
Un día del segundo trimestre, durante el recreo, varios
compañeros decidimos jugar al baloncesto, a pesar de ser nueve. Mientras
discutíamos qué hacer, si rotarnos para jugar pares o poner a los mejores en el
equipo de cuatro, llegó Timidez, un niño de baja estatura, tartamudo, y cuya
piel nunca recibía el sol; tras un gran esfuerzo preguntó si podía entrar al
partido. Amabilidad, una niña realmente simpática, aceptó de inmediato, pero
cuando nos dispusimos a empezar, saltó Infancia histérica argumentando que el
pobre chico no podía participar pues llevaba lentes.
-¡Tiene gafas, tiene gafas!-gritaba mientras lo
señalaba -, ¡este cegatón dañará el juego, que se vaya!
Timidez nunca más pronunció otra palabra. Nadie hizo
nada.
En otra ocasión, durante la temporada de canicas,
Alegría, una niña espontánea, sonriente y enérgica, llevó al colegio de esas
esferitas coloridas, las cuales su madre le había regalado por su cumpleaños.
Se la veía feliz y con ganas de compartirlas con todos sus amigos. Por aquellos
días yo ya no frecuentaba mucho a Infancia, pero en ese recreo, justamente, la
acompañé. Los celos invadieron su cuerpo, lo noté de inmediato, al ver que
Alegría se la estaba pasando de maravilla. La perdí de vista por un segundo y, cuando la encontré, tenía entre
sus manos las bolitas de la pobre niña. Sin pensarlo dos veces… ¡las desparramó
por todo el suelo haciendo que se perdieran entre los pies de los cientos de estudiantes
del colegio! Alegría quedó devastada. Nadie hizo nada.
Para terminar (aunque no es la última anécdota),
finalizando el año escolar, durante el carnaval, Ilusión, un niño que vivía en
sus propias utopías, acudió acompañado de su amigo imaginario, Onirium. Todos los compañeros estábamos
realmente emocionados hablando con este extraño personaje, que nos contaba
detalladamente sus historias y como había llegado a ser el inseparable camarada
de Ilusión. Pero, de la nada, llegó la protagonista del cuento, Infancia,
enfurecida porque no estaba recibiendo la atención a la que estaba
acostumbrada. Se metió como pudo entre la montonera y se detuvo delante del
personaje onírico, lo miró a los ojos, sonrió malévolamente y volteó para centrar su mirada en Ilusión
–Despierta, niño, él no es de verdad- le susurró
Infancia llena de odio. Onirium se
desvaneció lentamente para dejar solitario a Ilusión por el resto de su vida.
Nadie hizo nada.
A medida que fui creciendo, dejé de hablar por
completo con Infancia. No la soportaba y no me importaba deambular sola durante
los recreos. Prefería eso a dirigirle una sola palabra a aquel monstruo. Conocí
a nuevas personas que se hicieron amigos inseparables míos, como Rebeldía,
Conocimiento y la muy querida Adolescencia. De Infancia nunca más volví a
saber.
Tres anécdotas son más que suficiente, creo yo, para
mostrarles a ustedes que, esta niña, Infancia, no es tan buena como siempre se
nos ha hecho creer. Sin embargo, si no están conformes, aún hay mil historias
que contar sobre este personaje y su maldad hacia los niños indefensos.
Debo decir, de igual forma, que acepto mi error al no haber hecho nada
por defender a los afectados de los relatos y pido mis más sinceras disculpas a
Timidez, Alegría e Ilusión. En nombre de ellos escribo esta carta y espero que,
en el lugar donde estén, puedan leerla y recordar a esta, su antigua compañera
de colegio.
Me despido haciendo un llamado a la reflexión y al
recuerdo. Infancia puede estar en el colegio de su hijo, nieto, sobrino,
hermano, vecino o conocido. Ayudemos a los niños a hacer frente a personas como
Infancia, pues nunca se sabe en qué momento, algún Timidez se convierta en
Miedo, alguna Alegría cambie su nombre por Tristeza o algún Ilusión pierda a su
Onirium.
Atentamente
Esta Escritora