29 sept 2012

De lo que la música me hace escribir.


Suena a cliché, sí, pero la música es la fuerza más poderosa del mundo. Es  un lenguaje, una forma de vida. Para mí, es fuente de inspiración, algo que me permite continuar día a día.
Yo escribí esto hace algunos meses para la clase de Español, salió bastante bien. Antes de escribir el último párrafo me di cuenta de que una persona, un cantante asombroso, un ícono del Rock…había estado en mi cabeza todo el tiempo, y pensé “Esto es como un tipo de magia”.
Si usted sabe de Rock, lo suficiente, sabrá a quién me refiero. Este hombre, su banda y la música que compusieron en su momento me han ayudado bastante. Como dije antes, son una fuente de inspiración y este texto, supongo, salió de mi cerebro en forma de agradecimiento.

Aquí va:


“De lo que pasó cuando la música pinté” 

Sábado en la mañana. Desperté muy temprano para ser fin de semana, pero en mi mente estaba ya decidido que después de desayunar iría a pintar. Al coger el pincel, tras haber echado la pintura sobre la paleta, sentí que faltaba algo. ¿Inspiración? ¡Pero si ya venía dispuesta, ya estaba preparada desde que mis ojos vieron la luz de sábado en la mañana! Lo tomé con calma, ya que no valía la pena estresarme, pues así, si que no podría pintar nada.
Esta condenada inspiración no llegaba a mí. Llegué a pensar que incluso no sería necesaria ¿Y si solo me dedicaba a pintar y ya? Pues no. No, no, no y no. Si me había levantado de la cama con ese sentimiento de “hoy debo poner ese algo en un lienzo” lo iba a hacer con esa inspiración correspondiente, que, sabía que era imprescindible para que mi obra quedara perfecta.
Caminé alrededor del cuarto, pensando, mirando, imaginando…y para evitar que el aburrimiento me quitara las ganas que ya tenía de pintar, prendí la radio justo en mi emisora favorita. Miré el cuadro, que estaba en blanco, y empezó a sonar mi canción favorita, de los años ochenta, creada por un magnífico grupo de Rock. Eso era lo que necesitaba. Música que llenara mi alma. Notas, acordes, ritmos que cogieran de la mano a mi inspiración sentada, adormecida, y la hicieran bailar. Mi inspiración bailo en mi mano, y mi mano, en el lienzo.
Perdí la noción del espacio, del tiempo, de todo. Lo hubiera podido hacer con los ojos cerrados, pero tuve el privilegio de ver su creación, de crearlo.  Cuando menos me di cuenta, tras parpadear y haber tenido los ojos cerrados tan solo por un momento me encontraba dentro de él. ¡Dentro del cuadro!
¿Pero era aquella realmente mi obra? Muy dentro de mí, y sigo sin saber si en mi cabeza o en mi corazón, sabía que yo le había dado a luz. Solo confié en mis instintos y seguí adelante. Después de otro parpadeo, me encontraba en una ciudad, muy al estilo Londres ¡Oh mi tan magnífica Londres! Pero no, no era precisamente la tan famosa ciudad inglesa. Tenía color en todos los edificios: rojo, azul, morado, verde, naranja. Y el cielo era de ese magnífico rosado claro que me recordó al algodón de azúcar.
Me vi atrapada en esta fantástica psicodelia. Producto de mi mente, quizá gracias al poder de la música.  Tras caminar por una calle vacía, llegué justo al frente de algo que parecía una estatua, pero  que no era de bronce. La miré fijamente  detallando que era de carne y hueso. Era un hombre con camisa, pantalón y zapatos blancos y llevaba una chaqueta amarilla que por muy absurdo que suene le hacía resaltar en este colorido mundo.
Este sujeto no tenía cara y me resultaba extraño verlo, no poder apreciar sus ojos, su boca, nada. Pero se las arregló para darme a entender que lo siguiera y confié en él. Dentro de mí sabía que yo lo había creado al hacer mi pintura, y confiar en él sería confiar en mí misma.
Caminamos por aquel extraño retrato de Londres y de un momento a otro empezó a llover chocolate, ¡Chocolate! Mientras miraba al cielo con cara de asombro y recogía con mis manos el más delicioso chocolate que jamás probé, este personaje me señalo una estatua. Era hermosa, pues representaba a una pareja de bailarines de ballet. Se miraban el uno al otro con tal pasión, como si el amor nunca fuese suficiente.
Mi personaje se agachó, vi lo que debiera ser su cara que en realidad era una capa de color piel solido. No la vi, pero pude sentir su sonrisa y sentí como sus manos cerraban suavemente mis párpados. Mantuvo sus dedos sobre mis ojos durante un momento muy corto, pero suficiente para poder escuchar la música de fondo.  Reconocí la canción de ipso facto, recuerdo que fue la primera canción que escuché en toda mi vida. Un escalofrío se apoderó de mi cuerpo, me sentí feliz, empecé a temblar y sin darme cuenta, este fabuloso personaje me dejó abrir los ojos para ver a los bailarines bailar.
Eran estatuas de bronce bailando al sonido de la música que me llevó a ese mundo bajo una ligera lluvia de chocolate. Todo era perfecto. Perfecto hasta que dejo de caer chocolate, y empezó a caer agua normal. Las estatuas dejaron de bailar y se quedaron inmóviles como se suponía que debían estar. Los colores de la ciudad empezaron a desvanecerse, cayendo de las paredes. Así todo se tornó a un color gris, opaco, triste. ¿Y mi personaje? Volteé y lo vi desaparecer, y aun sin ojos, vi como lloraba. Él no se quería ir, yo no quería ir de vuelta al mundo real, pero tras un  brusco parpadeo ¡bang! Estaba otra vez en mi casa. La música había parado, la música que le había dado vida a mi pintura, ahora le daba la muerte. Solo había silencio.
Los pinceles estaban en el suelo, las pinturas, las paletas, todo manchando el tapete blanco. Yo estaba tirada en el piso, somnolienta, cansada, preguntándome qué había pasado.  Me levanté, cuidadosamente, recogí las cosas del suelo y las puse en el caballete.
Al voltear la vi, la pintura, terminada ¿pero cómo? Si dormida en el suelo era imposible que hubiera avanzado. ¡Oh pero que importaba! La aprecié, dejé entrar en mi cuerpo ese aroma a óleo que tanto me encantaba. Reconocí cada cosa de la pintura, y en ese instante recordé lo que había pasado. Ahí estaba, ese fantástico Londres colorido, con la lluvia de chocolate, edificios coloridos, incluso era fácil distinguir que el cielo era como el algodón de azúcar. Los bailarines estaban situados en el centro de la pintura. Mientras que mi personaje anónimo, se encontraba pintado en la esquina inferior derecha, mirándome. Le vi la cara, era, él era…  
Sábado en la mañana, era temprano, me desperté con ganas de pintar algo maravilloso. Sin bacilar prendí la radio, sonaba una canción, sonaba A Kind Of Magic…

23 sept 2012

Elogio a los CDs


Hoy en día todos estamos condenados a vivir en un mundo de tecnología, Aquellos que podemos acceder a ella, claro. Esto ha cambiado la forma en que vemos el mundo y en que nos relacionamos con él. Ya casi no vamos al cine (sin contar las famosas películas de 3D). Lo que hacemos es entrar a Internet, buscamos nuestro servidor favorito y ¡ya tenemos toda la filmografía de Tim Burton o de Leonardo DiCaprio en nuestras manos! ¡Sin salir de casa!

Lo mismo sucede con la música. Lo admito, yo soy de esas que suelen descargar música, discografías completas de artistas. Aunque debo aclarar que esto sucede únicamente cuando quiero conocer al artista a fondo o si me interesan algunas canciones. Y aquí es donde entro a hacer mi elogio a los CDs. Pueden decir todo lo que quieran, llámenme consumista, capitalista... pero para mí no hay nada más delicioso que pagar por el buen trabajo de un artista o banda que me encanta. El simple hecho de entrar a una tienda de discos, buscar el artista, coger el CD e ir a pagarlo con mis ahorros es un paseo para mí. Aunque eso es solo el inicio. Lo mejor sucede cuando salgo de la tienda de discos (porque nunca me espero a mi casa) y saco de la bolsa mi nueva adquisición. Poder apreciar el arte del disco, el booklet (el librito ese que viene con el CD, para los que no sepan), el olor a nuevo, las fotos, las letras, la idea, el concepto... 

Creo que tener un disco de forma física es  la mejor forma de conocer a un artista, una forma de comunicación entre el músico y el fanático, ya que muestran sus ideas y lo que piensan en ese momento. Es algo que no se puede apreciar tan solo con descargar las canciones o el álbum completo de Internet ¡ni siquiera si se ha hecho de forma legal! Tener un disco implica tener todo un concepto o, si no, díganme ustedes...si tuvieran la oportunidad de elegir entre un "Abbey Road" original (y eso que aún no hago un elogio a los discos negros) o simplemente descargar las canciones ¿qué sería mejor? Por supuesto, y aunque sé que esto es algo muy subjetivo, tener el disco en las manos, ver lo que pensaban los Beatles en sus últimos días… como dije antes, tener todo un concepto y poder apreciarlo.


No dejemos de comprar CDs, no permitamos que pase lo que pasó con Blockbuster. Debemos esforzarnos, al menos por nuestros artistas favoritos, en comprar de vez en cuando un CD original para poder seguir teniendo su esencia en nuestras manos... o más bien, en nuestros oídos.