29 jun 2015

Sergio

Esa tarde había sido de relajo, probablemente, porque él se entretuvo haciendo cosas que no debía hacer. Age of Empires o Diablo, alguno de esos dos juegos había estado jugando en el computador y debido a eso se le olvidó hacer las tareas.

Él siempre llevaba todo listo, todo a tiempo al colegio. Pero claro, como un niño de tercero de primaria, requería ayuda de sus padres de vez en cuando para hacer los deberes. Eso sí, a medida que las velitas del ponqué (ponqué de novia de la abuela) aumentaban, el acompañamiento materno/paterno disminuía. Esa es una ley de vida que todos, o casi todos, debemos afrontar.

Fue así, que esa tarde se pasó volando. Por ahí a las ocho, su mamá llegó, cansada, después de un largo día de trabajo. Ella preguntó  si todo estaba hecho y él, confiado en que se sentaría a hacer las cosas que debió haber hecho hacía más de cuatro horas, dijo que no. “¿No hizo nada?”, preguntó su madre enfadada “Usted sabe, Sergio Daniel, que primero el deber y luego el placer”. Dicho eso, su mamá cogió la maleta con todos los cuadernos dentro y la subió encima de la tabla más alta que se encontraba en el corredor (esa que viene con el apartamento, arriba del lugar donde va el calentador).

¿Él? Él se volvió como loco. Lloró y pataleó porque quería hacer su tarea.

Al día siguiente fue sin nada hecho, pero se cumplió lo que su madre quería. Pasó la vergüenza más grande que alguien a quien le importe el colegio puede pasar: decir “no hice la tarea”.

Desde entonces, y quien lo vea, él ya no deja nada sin hacer. Se dedicó a los números, a las ecuaciones, a quedarse sentado mirando una hoja de papel esperando a que un ejercicio resulte (bueno, no esperando a que aparezca mágicamente, sino pensando, reflexionando).


Él ha viajado, ha dictado conferencias, ha trabajado. Está becado en una universidad muy importante en la materia (la misma de Einstein, por cierto). No se le puede atribuir al hecho mismo todo esto, pero Sergio aprendió ese día que es importante hacer la tarea.

22 jun 2015

La flor del libro verde

Estaba en La Florida esperando a que me trajeran un chocolate. Mientras tanto, veía las fotos de mi Bogotá antigua, de cuando yo era estudiante. Transmilenios “mis gusanitos rojos”, me decía. Ese odioso alcalde Lisboa Prieto los quitó, permitió que más vehículos particulares circularan por las calles. Bogotá era oscura y a veces había que usar tapabocas.

Mientras esperaba, un hombre que aparentaba ser viejo se sentó en la mesa de al frente dándome la espalda. Sacó un libro verde. “Debe ser rico”, me dije a mí mismo, pues los libros se habían vuelto un objeto de valor. Miré a ver de qué eran las páginas y una lágrima salió de mí al ver que era uno de botánica.  Yo no había visto plantas hacia muchísimo tiempo. El señor pasaba las hojas y yo reconocía uno que otro dibujo. Helianthus… ¿Qué? La segunda parte del nombre no estaba, pero el dibujo ¡qué planta tan maravillosa! La había visto cuando era niño. No me acordaba del nombre. Necesitaba saberlo.

El señor se levantó sin haber ordenado nada y por instinto yo me paré para seguirlo. Tenía que ver ese libro. No pagué mi chocolate. Al salir, el señor volteó a la derecha, hacia el norte, caminando por toda la Carrera Mujica (antes la Carrera Séptima). Para mi desgracia, empezó a llover y solo podía pensar “que no se vaya a dañar el libro”. El andén era estrecho y casi no podía seguir con la mirada al señor, pero al final llegamos a la Santa María. Yo no conocía esa parte de Bogotá, parecía otra ciudad.

Entramos a la plaza, yo me quedé cerca de la puerta mientras que él se fue al centro, y vi un perro moribundo en la arena. Ya no eran corridas de toros, sino de perros vagabundos. Por un momento pensé que el señor que me tenía maravillado le iba a hacer algo malo al can, pero lo trató con ternura y les mostraba a sus compañeros el libro con emoción.
-Tú, ¡qué quieres?-dijo uno de sus compañeros.
-Yo..emm…-dije asustado.
-Tranquilos, él viene conmigo y me ayudará a buscarla-dijo el señor con una sonrisa-vamos, Patronio.

Mi nombre no era Patronio, pero le seguí el juego, porque quería ver el libro.
-¿Sabes dónde la puedo encontrar? La necesitamos urgentemente para usarla con el perro-dijo el señor mostrándome la página de la flor.
-Lo siento, hace mucho no veo una flor-dije. Aún llovía.

Él siguió caminando y yo iba tras él.

-¡Pero claro!-volteó y me miró- ¿ya te acordaste del nombre de la flor? Seguramente no, Patronio, porque no hay sol.-miró al cielo. Ya no llovía.
-¿Sol?
-Girasol-él estaba exaltado.

Una vez me habían dicho en clase que con los girasoles se podrían hacer muchos remedios. Supuse entonces que necesitaban uno para curar al perro. ¿Dónde planeaba encontrar un girasol? Era ridículo suponer que en Bogotá se podría encontrar una flor. Luego recordé que una vez en las noticias habían dicho que dentro de los antiguos buses de Transmilenio habían encontrado una margarita, creciendo de la tierra.

-En un Transm…
-En uno antiguo, sí. No está muy lejos de aquí-me interrumpió el señor.

Fuimos, casi corriendo, al Gran Garaje (lo que antes era el Museo Nacional). Menos mal quedaba cerca. Buscamos uno por uno en todos los Trasnmilenios. Nada. El señor volvió a abrir la página donde se encontraba la flor. Puede ver más de cerca. Ahí decía el ángulo que debía tener el suelo para el perfecto crecimiento de la flor. “Muy complicado para ser una flor”, susurré.

El señor miró al frente “allá”, y se fue corriendo. Se metió en uno de los buses, tosió y al final salió con la flor en la mano. “Con esto podremos hacerlo”, dijo.
-Tenla y sostén el libro mientras me limpio, Patronio.

Por primera vez tuve el libro en mis manos. Por primera vez pude ver la flor. El señor tosía y se limpiaba. Le costaba respirar y se hacía de noche.

No perdí la oportunidad, no me importó aquel señor que no tuvo la delicadeza de preguntar mi nombre. Ni me importó el perro. Saqué el tapabocas de mi bolsillo, me lo puse y me fui.





15 jun 2015

Pancita blanca

Desde atrás, parece una bolita de pelo. Es café o blanca, depende de si se le mira con más o menos luz, aunque sus paticas, sus orejitas, su cola y su cara son siempre oscuras. Resaltan sus ojitos azules. Una tonalidad que solo he visto en ella, y que por eso es la más hermosa de todas las tonalidades azules. Lo que más me gusta de ella es su pancita blanca y suave. Por eso cada vez que la cojo, la acaricio ahí. Hace poco, mientras la consentía, le descubrí una bolita de carne roja como el fuego que se asomaba de una de sus teticas.

Al día siguiente la llevamos a revisión. No es fácil sacarla del apartamento porque a ella no le gusta el mundo exterior. Toca envolverla en una cobija, abrazarla fuerte y salir rápidamente. El consultorio de la doctora la aterra, y por eso se quedó estática cuando la pusimos encima del mesón donde la revisaron. “Ahí, en la tetica”, mencionó mi mamá asustada mientras mi papá trataba de ignorar el diagnóstico. Yo ayudaba a sostenerla. “Sí, es un tumor y está avanzado”, mencionó la veterinaria como si fuera algo constante de su día a día. “Hay que operarla, pero es riesgoso por su edad y por el tamaño”.

Schrödinger Tomasa
Antes de pasar por el bisturí, debían hacerle un examen de sangre. Fue difícil, porque tuvieron que chuzarla en la yugular tres veces sin éxito para que al final le extrajeran el líquido de una garrita. Pensamos que, tras recibir aquellos resultados, la operarían, pero fue necesario darle unas gotas para estabilizar su hígado. Cuando llegó el día, todos estábamos angustiados. Nunca me despedí tanto de un ser como lo hice de ella, porque quizá sería la última vez que tocaría su pancita. Tras una hora de espera, nos la entregaron y esa es la imagen más dolorosa que guardo. La vi acostada, dormida, pero sus ojos estaban abiertos, su cicatriz parecía más grande de lo que debía ser y estaba en una jaula. Era imposible consentirla. Solo había que esperar el resultado de la patología.


Es cáncer, pero la doctora dijo “salió positivo”. ¡Qué eufemismo tan horrible! Ya todos sabemos que es eso, porque si existe un tumor mamario que va desde la teta hasta la axila, y que además tiene pequeñas bolitas encima, no puede ser otra cosa. Además, en estos días he notado que respira de forma entrecortada, le cuesta exhalar y en sus pupilas veo cansancio. Supongo que es hora, pues ya tiene quince años. Mi gatica ha envejecido y nunca me di cuenta. Uno cree que la mascota es para siempre, pero es un dolor grande el saber que de un día para otro no es el mismo animalito que rasgaba los sofás o que saltaba largas distancias de un mueble a otro. El final de este relato lo sé, lo saben mis padres y lo sabe mi hermano. Espero que pase mucho tiempo desde ahora hasta que me toque escribir la última palabra.