Mudanza
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¡Con escritos más maléficos!
Risa Maléfica
Lau...con pluma de hipogrifo.
24 nov 2015
14 jul 2015
Los cuervos de la cerveza
Cuando Rufino José (porque si se le dice solamente
Rufino podría confundirse con su padre) conoció a Friedrich Pott, se presentó como cervecero. El
único idioma en común entre ambos estudiosos era el latín, por lo que Pott, uno
de los más importantes filólogos alemanes del Siglo XIX, dijo consternado
“¿Podría repetir?”, pues quizá había escuchado mal lo que el colombiano le
acaba de decir. Rufino José reiteró su profesión, después de todo, fue una
fábrica de cerveza (que había montado con su hermano), la que le había dado el
dinero suficiente para viajar a Europa.
Rufino José ya había entablado una relación epistolar
con Pott. Sin embargo, el alemán se sorprendió al conocer al filólogo
colombiano el primero de octubre de 1878. Por un lado, porque en ese entonces
era extraño encontrar a un estudioso del lenguaje que no fuera europeo, y por
otro, por la forma en que Rufino José había obtenido el dinero para financiar
su viaje al viejo continente.
Rufino José se instaló en París, pero visitó
diferentes lugares de Europa para conseguir los libros y las revistas que lo
ayudarían con su investigación para crear su mayor obra: “Diccionario de
construcción y régimen de la lengua castellana”. En uno de sus viajes, fue a
Halle, una pequeña ciudad alemana, donde conoció a Pott.
Aquello impresionó a Pott, pues en ese momento una de
las profesiones más prestigiosas en Europa era la filología, ya que el estudio
del lenguaje estaba en pleno furor. Además, un cervecero siempre sería bien
recibido en Alemania. Rufino José portaba ambos títulos, y no solo eso, sino
que además había sido autodidacta en ambas cosas.
La cervecería la fundó su hermano Ángel en un momento
de dificultades económicas para la familia. Don Rufino, el padre, había muerto
y la familia de los Cuervo había quedado sumida en la pobreza, sin esperanza, a
pesar de que la casa quedaba en esa calle de la Candelaria.
La vivienda perteneció a la familia de la madre de
Rufino José, doña María Francisca de Urisarri y Tordecillas, por lo que ella le
había pedido a su esposo que adquiriera la casa de la Calle de la Esperanza nº
4. Don Rufino no dudó en adquirir la “finca” que estaba en estado deprorable,
pero en 1838 empezaron las reformas del lugar donde la pareja criaría a sus
cinco hijos.
Fue allí donde Rufino José empezó a estudiar el
lenguaje, siendo parte de una familia acomodada, pues su padre era un
importante político que incluso llegó a ser vicepresidente. A pesar de ello,
don Rufino siempre intentó inculcarles a sus hijos valores de responsabilidad y
trabajo duro.
Rufino José y Ángel habían escuchado que en un cuarto
de la casa había un tesoro de la Colonia. Ambos eran pequeños y se habían
dejado llevar por las palabras de la gente, así que cogieron las herramientas y
empezaron a abrir el suelo. Cuando los niños estaban adelantados en la labor, su
padre entró y les dijo que cerraran aquel agujero inmediatamente “si quieren
tener dinero, búsquenlo, no debajo de la tierra, ni confiados en un encuentro
casual, sino luchando con la necesidad y por medio del trabajo honrado."
Cuando don Rufino murió en 1853, Rufino José ya había
estudiado en diferentes claustros de enseñanza latín, castellano, lógica y las
teorías de Andrés Bello. La educación guiada terminó cuando Rufino José tenía
17 años y desde entonces todo lo que aprendió fue de manera autodidacta.
La familia decaía cada vez más. A veces no había nada
de comer y si lo había, era por las míseras ventas de vinagre casero hecho por
su madre. Asimismo, Rufino José se encerraba días enteros, o incluso semanas,
por no tener ropa limpia o adecuada para salir. Además, la casa estaba
hipotecada y los vecinos se dedicaban a crear chismes de la familia. En ese
momento, a Ángel se le ocurrió la idea de formar una cervecería, la primera de
Colombia, que se instalaría en el sótano de
la casa familiar.
Ángel fundó la fábrica en 1867 con escasos recursos y
sin previo conocimiento en la elaboración de cerveza. Entusiasta con la idea,
estudió la fórmula y analizó innumerables recetas. Sobre ensayo y error,
encontró el punto para sus productos, que se llamaron “La Pola”, “Don Quijote”
y “No más Chicha”.
Al principio Ángel
hacía todo, desde elaborar la cerveza y mover los barriles, hasta
distribuirla. “Usted a lo suyo y yo lo mío”, le dijo un día Ángel a su hermano.
Ambos sabían que Rufino José no estaba destinado precisamente a ser cervecero.
“Y llévese esta idea en la cabeza: lo mío es para que usted haga lo suyo”,
reiteró.
Un día, mientras Rufino José estudiaba, escuchó un
estruendo en el sótano. Al bajar, vio cómo su hermano caminaba de un lado a
otro, moviendo los brazos preocupado mientras que las botellas y los corchos
estaban tirados en el piso. “No puedo hacer esto solo, Rufino José, necesito
contratar personal y el dinero no va a
alcanzar”, comentó Ángel. Rufino José tomó las botellas y con calma dijo “lo
haré yo”, dejando atónito a su hermano.
Cuando comenzaron había miradas y susurros respecto a la nueva
actividad de los Cuervo. “Vean en lo que han parado los hijos del doctor
Cuervo”, anotaban los bogotanos con malicia. Pero cada día Rufino José se sentía más orgulloso de su nueva profesión,
tanto así, que agregó el oficio al sumario de sus títulos y empezó a
presentarse como cervecero y filólogo.
Rufino José hacía las cuentas y los mandados. Y esto
último fue lo que más disfrutó el joven estudioso, pues conoció personas y
lugares nuevos. Además, permanecía horas en aquellos lugares para estudiar las
conversaciones: los modismos y las expresiones de la gente común. Los bogotanos
se acostumbraron a su presencia en las tiendas; ellos disfrutaban de la cerveza
de Cuervo, y él disfrutaba con sus palabras. Aquí nació su ensayo “Apuntaciones críticas sobre el
lenguaje bogotano”.
Actualmente, la cerveza de los Cuervo tendría un feo
sabor, pero en ese entonces, los bogotanos la consideraban de excelente
calidad. A la cervecería le fue tan bien, que con las ganancias pudieron
deshipotecar la casa de la familia, además, empezaron a ser conocidos como
ricos y pudientes. Su dinero no lo guardaban solo para ellos, sino que hacían
jugosas donaciones a la Iglesia. Mes a mes les daban dinero a las monjas
clarisas, que de un momento a otro se volvieron insaciables. La iglesia se
empezó a aprovechar de la bondad de los Cuervo y ellos decidieron partir para
dedicarse a lo que amaban: Ángel a la literatura y Rufino José a su diccionario
Sin nadie que los atara, pues su madre había muerto
un año después que su padre, y como ya no tenían más hermanos, vendieron la
cervecería para viajar a París. Ángel
recordó a un amigo suyo de la guerra, Juan Hincapié, a quien contactó en 1870
para venderle la fábrica. El dinero recogido bastó y sobró para que los
hermanos se pudieran instalar en Francia con comodidad hasta la muerte de
Rufino José en 1911.
El primero de octubre de 1878, Rufino José le
explicaba a Friedrich Pott cómo iba su diccionario. Era tan completo que solo
llegó a escribirse hasta la letra D. Pott seguía asombrado porque Rufino José Cuervo,
un colombiano autodidacta, se había presentado como cervecero.
8 jul 2015
Después de un tiempo...
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender... que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno prende y aprende... y con cada día uno aprende. Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado. Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas. Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tusoledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla. Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas. Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida. Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes. Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual. Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir. Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible. Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios multiplicados al cuadrado. Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas. Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante. Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo.
Jorge Luis Borges
29 jun 2015
Sergio
Esa tarde había sido de relajo, probablemente, porque él se
entretuvo haciendo cosas que no debía hacer. Age of Empires o Diablo,
alguno de esos dos juegos había estado jugando en el computador y debido a eso
se le olvidó hacer las tareas.
Él siempre llevaba todo listo, todo a tiempo al colegio.
Pero claro, como un niño de tercero de primaria, requería ayuda de sus padres
de vez en cuando para hacer los deberes. Eso sí, a medida que las velitas del
ponqué (ponqué de novia de la abuela) aumentaban, el acompañamiento materno/paterno
disminuía. Esa es una ley de vida que todos, o casi todos, debemos afrontar.
Fue así, que esa tarde se pasó volando. Por ahí a las ocho,
su mamá llegó, cansada, después de un largo día de trabajo. Ella preguntó si todo estaba hecho y él, confiado en que se
sentaría a hacer las cosas que debió haber hecho hacía más de cuatro horas,
dijo que no. “¿No hizo nada?”, preguntó su madre enfadada “Usted sabe, Sergio
Daniel, que primero el deber y luego el placer”. Dicho eso, su mamá cogió la
maleta con todos los cuadernos dentro y la subió encima de la tabla más alta
que se encontraba en el corredor (esa que viene con el apartamento, arriba del
lugar donde va el calentador).
¿Él? Él se volvió como loco. Lloró y pataleó porque quería
hacer su tarea.
Al día siguiente fue sin nada hecho, pero se cumplió lo que
su madre quería. Pasó la vergüenza más grande que alguien a quien le importe el
colegio puede pasar: decir “no hice la tarea”.
Desde entonces, y quien lo vea, él ya no deja nada sin hacer.
Se dedicó a los números, a las ecuaciones, a quedarse sentado mirando una hoja
de papel esperando a que un ejercicio resulte (bueno, no esperando a que
aparezca mágicamente, sino pensando, reflexionando).
Él ha viajado, ha dictado conferencias, ha trabajado. Está
becado en una universidad muy importante en la materia (la misma de Einstein,
por cierto). No se le puede atribuir al hecho mismo todo esto, pero Sergio
aprendió ese día que es importante hacer la tarea.
22 jun 2015
La flor del libro verde
Estaba en La Florida esperando a
que me trajeran un chocolate. Mientras tanto, veía las fotos de mi Bogotá
antigua, de cuando yo era estudiante. Transmilenios “mis gusanitos rojos”, me
decía. Ese odioso alcalde Lisboa Prieto los quitó, permitió que más vehículos
particulares circularan por las calles. Bogotá era oscura y a veces había que
usar tapabocas.
Mientras esperaba, un hombre que
aparentaba ser viejo se sentó en la mesa de al frente dándome la espalda. Sacó
un libro verde. “Debe ser rico”, me dije a mí mismo, pues los libros se habían
vuelto un objeto de valor. Miré a ver de qué eran las páginas y una lágrima
salió de mí al ver que era uno de botánica.
Yo no había visto plantas hacia muchísimo tiempo. El señor pasaba las
hojas y yo reconocía uno que otro dibujo. Helianthus…
¿Qué? La segunda parte del nombre no estaba, pero el dibujo ¡qué planta tan
maravillosa! La había visto cuando era niño. No me acordaba del nombre.
Necesitaba saberlo.
El señor se levantó sin haber
ordenado nada y por instinto yo me paré para seguirlo. Tenía que ver ese libro.
No pagué mi chocolate. Al salir, el señor volteó a la derecha, hacia el norte,
caminando por toda la Carrera Mujica (antes la Carrera Séptima). Para mi
desgracia, empezó a llover y solo podía pensar “que no se vaya a dañar el
libro”. El andén era estrecho y casi no podía seguir con la mirada al señor,
pero al final llegamos a la Santa María. Yo no conocía esa parte de Bogotá,
parecía otra ciudad.
Entramos a la plaza, yo me quedé
cerca de la puerta mientras que él se fue al centro, y vi un perro moribundo en
la arena. Ya no eran corridas de toros, sino de perros vagabundos. Por un
momento pensé que el señor que me tenía maravillado le iba a hacer algo malo al
can, pero lo trató con ternura y les mostraba a sus compañeros el libro con
emoción.
-Tú, ¡qué quieres?-dijo uno de sus
compañeros.
-Yo..emm…-dije asustado.
-Tranquilos, él viene conmigo y me
ayudará a buscarla-dijo el señor con una sonrisa-vamos, Patronio.
Mi nombre no era Patronio, pero le
seguí el juego, porque quería ver el libro.
-¿Sabes dónde la puedo encontrar?
La necesitamos urgentemente para usarla con el perro-dijo el señor mostrándome
la página de la flor.
-Lo siento, hace mucho no veo una
flor-dije. Aún llovía.
Él siguió caminando y yo iba tras
él.
-¡Pero claro!-volteó y me miró- ¿ya
te acordaste del nombre de la flor? Seguramente no, Patronio, porque no hay
sol.-miró al cielo. Ya no llovía.
-¿Sol?
-Girasol-él estaba exaltado.
Una vez me habían dicho en clase
que con los girasoles se podrían hacer muchos remedios. Supuse entonces que
necesitaban uno para curar al perro. ¿Dónde planeaba encontrar un girasol? Era
ridículo suponer que en Bogotá se podría encontrar una flor. Luego recordé que
una vez en las noticias habían dicho que dentro de los antiguos buses de
Transmilenio habían encontrado una margarita, creciendo de la tierra.
-En un Transm…
-En uno antiguo, sí. No está muy
lejos de aquí-me interrumpió el señor.
Fuimos, casi corriendo, al Gran
Garaje (lo que antes era el Museo Nacional). Menos mal quedaba cerca. Buscamos
uno por uno en todos los Trasnmilenios. Nada. El señor volvió a abrir la página
donde se encontraba la flor. Puede ver más de cerca. Ahí decía el ángulo que
debía tener el suelo para el perfecto crecimiento de la flor. “Muy complicado
para ser una flor”, susurré.
El señor miró al frente “allá”, y
se fue corriendo. Se metió en uno de los buses, tosió y al final salió con la
flor en la mano. “Con esto podremos hacerlo”, dijo.
-Tenla y sostén el libro mientras
me limpio, Patronio.
Por primera vez tuve el libro en
mis manos. Por primera vez pude ver la flor. El señor tosía y se limpiaba. Le
costaba respirar y se hacía de noche.
No perdí la oportunidad, no me
importó aquel señor que no tuvo la delicadeza de preguntar mi nombre. Ni me
importó el perro. Saqué el tapabocas de mi bolsillo, me lo puse y me fui.
15 jun 2015
Pancita blanca
Desde atrás, parece una bolita de pelo. Es café o blanca,
depende de si se le mira con más o menos luz, aunque sus paticas, sus orejitas,
su cola y su cara son siempre oscuras. Resaltan sus ojitos azules. Una
tonalidad que solo he visto en ella, y que por eso es la más hermosa de todas
las tonalidades azules. Lo que más me gusta de ella es su pancita blanca y
suave. Por eso cada vez que la cojo, la acaricio ahí. Hace poco, mientras
la consentía, le descubrí una bolita de carne roja como el fuego que se asomaba
de una de sus teticas.
Al día siguiente la llevamos a revisión. No es fácil sacarla
del apartamento porque a ella no le gusta el mundo exterior. Toca envolverla en
una cobija, abrazarla fuerte y salir rápidamente. El consultorio de la doctora
la aterra, y por eso se quedó estática cuando la pusimos encima del mesón donde
la revisaron. “Ahí, en la tetica”, mencionó mi mamá asustada mientras mi papá
trataba de ignorar el diagnóstico. Yo ayudaba a sostenerla. “Sí, es un tumor y
está avanzado”, mencionó la veterinaria como si fuera algo constante de su día
a día. “Hay que operarla, pero es riesgoso por su edad y por el tamaño”.
![]() |
| Schrödinger Tomasa |
Antes de pasar por el bisturí, debían hacerle un examen de
sangre. Fue difícil, porque tuvieron que chuzarla en la yugular tres veces sin
éxito para que al final le extrajeran el líquido de una garrita. Pensamos que, tras recibir aquellos resultados, la operarían, pero fue necesario darle unas
gotas para estabilizar su hígado. Cuando llegó el día, todos estábamos
angustiados. Nunca me despedí tanto de un ser como lo hice de ella, porque
quizá sería la última vez que tocaría su pancita. Tras una hora de espera, nos
la entregaron y esa es la imagen más dolorosa que guardo. La vi acostada,
dormida, pero sus ojos estaban abiertos, su cicatriz parecía más grande de lo
que debía ser y estaba en una jaula. Era imposible consentirla. Solo había que
esperar el resultado de la patología.
Es cáncer, pero la doctora dijo “salió positivo”. ¡Qué
eufemismo tan horrible! Ya todos sabemos que es eso, porque si existe un tumor
mamario que va desde la teta hasta la axila, y que además tiene pequeñas
bolitas encima, no puede ser otra cosa. Además, en estos días he notado que
respira de forma entrecortada, le cuesta exhalar y en sus pupilas veo cansancio.
Supongo que es hora, pues ya tiene quince años. Mi gatica ha envejecido y nunca
me di cuenta. Uno cree que la mascota es para siempre, pero es un dolor grande
el saber que de un día para otro no es el mismo animalito que rasgaba los sofás
o que saltaba largas distancias de un mueble a otro. El final de este relato lo
sé, lo saben mis padres y lo sabe mi hermano. Espero que pase mucho tiempo
desde ahora hasta que me toque escribir la última palabra.
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