31 oct 2013

Camino entre 31 tumbas


Hay quien le dice a uno loco por ir a un cementerio un 31 de octubre. Pero a mí siempre me han gustado esas dos cosas. 

El “31 de octubre”, octubre en general. Con color naranja por todos lados, arañas de peluche, murciélagos, ratas, brujas, diablos, esqueletos decorándolo todo. Y justamente el último día es el fascinante, porque las personas se olvidan de sí mismas y se transforman en otro, o aunque no se disfracen, muchos se sienten diferentes. 

Por otro lado, el cementerio (el  Central más que todo) siempre ha llamado mi atención. A veces incluso, lo siento propio, cercano a mí. Sé que está ahí, y lo vigilo siempre que paso al frente, en el bus, para ir a la universidad. Tiene algo fascinante, que no tienen los otros cementerios de Bogotá. Entre esas cosas, el saber que al entrar, no me encontraré con ningún familiar.

Ya hace varios años le había propuesto a mi papá esta aventura. Le llamé así, porque para algunos es morbo ir a un cementerio si no hay que visitar a algún muerto (más adelante descubrí que no es así). También  la fecha, que para mi significa ver los especiales de noche de brujas de los Simpsons, para otros representa mística, temor, respeto. Todo ello girando alrededor de algo tan natural como la muerte, pero por el simple hecho de ser así, de la forma en que a todos les pasa y que nadie acepta, es vista como la última sentencia.
Aquel día, de pronto yo tenía unos catorce años, no nos dejaron entrar. Mi papá me dijo que, probablemente, era por algunos grupos satánicos que entraban al cementerio para exhumar algunos cuerpos con el fin de realizar rituales satánicos. Las circunstancias se me hicieron fascinantes.

Sin embargo, hoy decidí volver a hacer el intento, pero con la cabeza fría, eso sí. 

Vacío como lo esperaba (no sé si por la hora o por el día) se encuentra el cementerio Central, el de la Calle 26. Un ángel de la muerte espera; no, es Cronos, con  guadaña y un reloj de tiempo. No se le ve impaciente, porque sabe que cada día llegan, que al final, todos llegamos. Abajo latín, algo que me encontraré a lo largo del recorrido, imagino lo que dice, pero prefiero dejarlo pasar.

El primer camino que sigo es el de la derecha. Tumbas. Lápidas. Borrosas. Nuevas. Viejas. Fechas. Las fechas, los años, los meses, los días, giran alrededor de mí. Parece que no hay fin. Quiero tomar fotos. No se puede. Salgo, hago fotocopias, pido el permiso y empiezo, de nuevo. 

Niño de siete años. Hago las cuentas en mi cabeza y me aterra saber que él nació el mismo año que yo. Preguntas miles, silencio absoluto, reflexión. Hablo con mi papá sobre la muerte. Es extraño ¿cuál es el punto de adorar a alguien que ya no está? Eso lastima, nos hace débiles, pienso para mí. Recuerdo a alguien que se fue hace un año. La quería. Según mi papá es por tener la religión que se tiene, por el hecho de creer en la reencarnación, en aquella cena después del juicio final. El me dice que quiere que lo cremen, porque nos quitaría un problema de encima, a mi hermano y a mí. También menciona que prefiere la memoria de las personas, que no le gusta el rito de ir al cementerio a dejar flores.

Seguimos el camino, hay mucho que ver y todo tan igual. Palomas hay sobre cada tumba. Mi papá dice que son almas (la risa se apodera de mi cuerpo, “almas”). Hay criptas que llaman mi atención, gran arquitectura, diseño. Mientras los aprecio, sucede algo. Tres muchachos, drogados, se acercan. Sentí el olor a marihuana a la distancia. El porro lo lleva el más pequeño, no tiene más de doce años. Visten ropas características de la cultura del Hip Hop. Me miran rayado. Mi papá y yo los evitamos, sin embargo estamos pendientes de sus movimientos. Golpean algunas tumbas ¿por qué? Mencionan al “Mechas” y las cosas adquieren sentido. Una vez se van, nos acercamos a ver. Hay una foto sobre una lápida; los protagonistas visten igual que sus visitantes. 1994. Joven. Mil historias se pasan por mi cabeza, cada una más macabra que la anterior. Solo visitaban a un amigo. 

Continuamos y encontramos un mausoleo. Al frente, representantes de diferentes religiones sentados a la espera de alguien que los contrate para ofrecer una misa o rezo en nombre del ya ido. La atmósfera gris que ellos crean se desvanece con un anciano que alimenta a las palomas. A una, la blanca, le tiene más cariño. Pienso entonces, que él a pesar de estar cerca, está feliz. Me imagino que no se amarga por lo que sabe que vendrá, esta vez más temprano que tarde. Sonrío y continúo.

Las hermanitas Bodmer. No deberían estar, sino disfrazadas y pidiendo dulces, a pesar de que ya entre sus brazos tienen bastantes. Sabía de ellas, porque una vez un buen amigo que tuve me regaló una carta de Halloween relatando su historia. Mientras mi papá les hace sesión de fotos, aparece una señora, humilde, bajita. Dice que viene a pedirles que traigan a sus hijos de vuelta, pues están en Estados Unidos; al parecer, hace diez años el Bienestar Familiar se los arrebató. Veo la foto, son adultos que crecieron sin madre. Me quedo callada. Le duele contar su historia, pero tiene fe. Confía.

Detrás de ellas, Kopp. Su tumba está llena de flores. Pienso que debería quitarle alguna y llevársela a algún muerto que no tenga. Mejor no. Hoy no hay nadie susurrándole al oído, nadie ha venido a pedirle ningún favor.

Mientras mi papá habla por celular, camino entre las tumbas. Persigo a una paloma-alma-que se escapa volando. Cobarde. Reviso algunas lápidas. Hay una que dice 21 de enero. Escalofrío. Esa es la fecha de mi cumpleaños. Cerca hay una decorada con pegatinas en forma de corazones y de muñecas. No se le ve la fecha, pero no hay que saber quién está ahí. ¿Por qué habrá sido?
Fin del recorrido. Hoy no importaron los famosos ahí confinados. De Greiff y Garavito pueden esperar mi visita. Hoy importaron esas pequeñas  historias.

Foucault decía que, hay lugares que las sociedades pueden reabsorber y hacer desaparecer. Este, no ha desaparecido, sigue vivo. Pero no para la sociedad, sino para las personas, como si fuera una heterotopía propia de cada ser. Significa mil cosas: lugar de descanso, de simples plegarias, de visitar a un amigo.

En cuanto a mí el cementerio es el lugar donde mi imaginación vuela, donde confluyen mil historias que al final se vuelven un relato sin sentido.



18 oct 2013

Misterio

El reloj corría hacia atrás, y lo miraba fijamente. Esperaba que las agujas se volvieran a cruzar. Una semana había pasado ya, y las miserables seguían sin encontrarse. Su corazón cada vez latía más despacio, su respiración, ni se sentía. Los sueños que tenía, se habían quedado cortos, porque la realidad la había castigado. No sabía qué era peor: sus demenciales ilusiones donde todo parecía perfecto; o su estúpida rutina de las ocho de la mañana, donde era simplemente una estúpida más.

Bastaba solo una sonrisa, una palabra, la llegada de él, para que su día se hiciera perfecto. Pero también solo era leer la poesía barata de escritores mediocres, para alimentar su alma falta de cariño, porque se lo imaginaba a él escribiendo versos que no rimaban y carentes de sentido, pero perfectos para que ella pudiera olvidar tantas angustias de la vida. Él no tenía idea, quizá, de que ella se quedaba sin palabras, en la boca, porque en el corazón el discurso aumentaba cada vez que sus ojos la miraban fijamente; así cuando estaban solo los dos, hablando de banalidades, la única forma en que ella podía expresar su mísera felicidad, era mediante una tímida sonrisa.

El problema era entonces, que ella no sabía si él sabía. Que ella creía con certeza que él sentía lo mismo. Pero quién sabe, porque entre risas, y música y letras y...todo, él era un misterio.

6 oct 2013

“Lo que he vivido lo conservaré hasta que Dios me quite la voz”: Jose de Jesús Capera

*A pesar de lo que dice la entrevista, pido que por favor no se juzgue al entrevistado. Es importante conocer su historia y el contexto en que sucedieron los hechos. Ahora bien, surge la pregunta de por qué no está todo relatado aquí;  diré que debido a que es un trabajo de carácter académico, me remití a seguir las reglas del juego, es decir dos  páginas como máximo. Sin embargo puede que, algún día, me dedique a escribir la historia completa.

Personaje

Lo que he vivido lo conservaré hasta que Dios me quite la voz”: Jose de Jesús Capera

Jose de Jesús Capera, ex guerrillero de las Farc (Fuerzas armadas revolucionarias de Colombia), cuenta cómo llegó al grupo al margen de la ley, su paso por la Isla-prisión Gorgona y su vida como predicador evangélico.

Jose de Jesús Capera escapó de su casa en Tolima debido al maltrato. Luego trabajó en diferentes fincas cafeteras, cargando bultos y cocinando. Sin embargo, en su cabeza siempre tuvo presente lo que había sufrido en su infancia, razón por la que, cuando se presentó la oportunidad, se enlistó en las FARC con el fin de cobrar venganza.

Gracias a las enseñanzas del grupo guerrillero, adquirió capacidades para asesinar a los familiares que le habían maltratado de niño. También mató a varios de los jefes de las fincas donde trabajó; algunas veces con machete y otras veces con arma de fuego.

Debido a sus crímenes llegó a la cárcel de La Gorgona, donde mediante correspondencia con unos canadienses evangélicos, se volcó a Dios. Al salir se convirtió en predicador.

Lau Solórzano: ¿Cuál fue su primer acercamiento con la guerrilla?
Jose de Jesús Capera: Sucedió cuando me escapé de la casa, a los ocho años. Duré un mes viviendo de lo que me daban los vecinos, pero un día decidí ir hacía una montaña que se llama Montefrío. Allí me encontré con comandantes guerrilleros. Me decían que me fuera con ellos, pues allí me iban a tratar bien, pero decidí no ir.
LS: ¿Entonces a dónde fue?
JJC:
Llegué una finca cafetera donde también me trataban mal. Allí el jefe me azotaba y me exigía cargar bultos de café pero yo era pequeño y no podía, así que él me atacó con un cuchillo y me volví a escapar para buscar a los de la guerrilla. Me dijeron que me defendiera y me regalaron un machete. Así que volví a la finca y maté al jefe. Cuando sucedió eso, escapé Luego llegué a otra finca, donde me seguían azotando. A ellos también los maté.
LS: ¿Y para ese momento, las autoridades no sabían nada de usted?
JJC
: No, porque era muy chico y siempre que asesinaba a alguien salía corriendo dejándolo todo. Pasé por muchas fincas. Hubo una donde me dejaron trabajar en la cocina pero luego de mucho tiempo, el jefe empezó a creer que yo tenía algo con sus hijas y me empezó a maltratar. Para ese entonces yo ya era un poco más grande y me podía defender mejor. A ese también lo maté. Cuando escapé fui a buscar a los guerrilleros. Me reconocieron y me fui con ellos.
LS: ¿Dentro de la guerrilla que le decían?, ¿cómo era estar ahí dentro?
JJC:
Me decían que tenía habilidades y muchos reflejos. Una vez le pegué a un superior en modo de defensa; eso les encantó a los generales. Así que me ascendieron a estafeta
-mensajero-. Además, había entrenamientos de boxeo, de machete y de armas. Vivíamos en casitas de madera y rara vez hubo enfrentamientos con el ejército. Más bien era con la policía o con el F2. Aunque no estaba todos los días. A veces me iba por temporadas a trabajar en diferentes fincas, una vez volví a mi pueblo. 
LS: ¿Qué hizo allá?
JJC:
Volví por venganza. Llegué en la noche y me encontré con los hermanos de mi madrastra que eran los que me golpeaban y los fundí a bala. Luego busqué a unos tíos de la misma mujer que mataron a mi hermano cuando yo era pequeño. A esos también los asesiné... Escapé como siempre y llegué a otra finca donde intentaron violarme, y maté a esos dos sujetos. Finalmente volví al campamento. Me dijeron que me habían estado buscando porque la policía y el ejército ya sabían de mí. Me habían apodado “El sultán” o “Chispita”.
LS: ¿Cómo lo capturaron?
JJC:
Me capturaron porque de todas formas seguí yendo a las fincas para sobrevivir, para que me dieran comida. Había una recompensa de treinta mil pesos de entonces por mí. Un tal Jaime me denunció y el ejército llegó por mí.
LS: ¿A dónde lo llevaron?
JJC:
Después de pasar por muchas cárceles, finalmente terminé en la isla-prisión Gorgona. Se aprovecharon de mi analfabetismo y me imputaron cinco años más por “Habilidad y alta peligrosidad”. Al final el abogado, que lo pagó Beatriz Reyes, una mujer a la que conocí en otras cárceles, logró que la pena quedara en treinta y cuatro años.
LS: ¿Cómo era estar preso en La Gorgona?
JJC:
A mí no me fue tan mal porque me hice amigo del capellán y de las monjas, además aprendí a cantar y a cocer, lo cual me permitía estar fuera de la celda más tiempo. Sin embargo la convivencia con los otros presos era difícil: los había que querían tener sexo con uno, unos robaban las pertenencias y otros eran muy agresivos. Lo que me transformó fueron unos canadienses evangélicos que empezaron a enviar cartas hablándome de Dios. Hubo correspondencia hasta el día que salí de allá.
LS: ¿Cuándo y cómo salió?
JJC: Salí porque un conocido del pueblo, Rafael Sanabria Aguja, estaba haciendo su tesis sobre mi caso. Si le aceptaban la tesis, ganaba el caso y lograba rebajarme la pena. Yo acepté confiando en él y en Dios. No sé qué hizo exactamente, pero logró que la pena me quedara en quince años. Salí de treinta y seis años tras haber pasado siete años y medio en la isla-prisión Gorgona; luego fui a una penitenciaria a terminar la condena, pero ya no era tan fuerte como en la isla. Recuerdo que lloré cuando recibí la noticia.
LS: ¿Qué pasó cuando por fin quedó en libertad?
JJC:
Los canadienses vinieron a recibirme, se llamaban Donaldo y Georgina. Empecé a viajar con ellos por el país, de cárcel en cárcel, mostrando películas cristianas y compartiendo la palabra. Entonces empecé a hablar y me sentía con la autoridad de decirles a los presos que no se portaran mal. De repente me empezaron a llamar de revistas evangélicas que se publican a nivel mundial para dar mi testimonio. Di muchas entrevistas en ese entonces y empecé a viajar solo por el país dando mi testimonio y divulgando la palabra de Dios. Luego los canadienses se tuvieron que ir, pero me pidieron mis diarios para llevárselos y hacer una película sobre mí, sin embargo nunca supe nada de eso ni volví a escuchar de ellos.
LS: ¿Hoy en día qué hace?JJC: Vivo en lugar muy humilde, entre latas, con mi hijo, mi nuera y mis nietos. Me dedicó a cocer para las personas y a cuidar de mis “chiquitos”. No me importa vivir así porque sé que puedo salir cuando yo quiera y que estoy libre, eso es lo importante. Ya pagué por lo que hice y Dios es el único que me puede juzgar. Me gusta contar mi historia porque lo que he vivido lo conservaré hasta que Dios me quite la voz.