El reloj corría hacia atrás, y lo
miraba fijamente. Esperaba que las agujas se volvieran a cruzar. Una
semana había pasado ya, y las miserables seguían sin encontrarse.
Su corazón cada vez latía más despacio, su respiración, ni se
sentía. Los sueños que tenía, se habían quedado cortos, porque la
realidad la había castigado. No sabía qué era peor: sus demenciales
ilusiones donde todo parecía perfecto; o su estúpida rutina de las
ocho de la mañana, donde era simplemente una estúpida más.
Bastaba solo una sonrisa, una palabra,
la llegada de él, para que su día se hiciera perfecto. Pero también solo
era leer la poesía barata de escritores mediocres, para alimentar su
alma falta de cariño, porque se lo imaginaba a él escribiendo
versos que no rimaban y carentes de sentido, pero perfectos para que
ella pudiera olvidar tantas angustias de la vida. Él no tenía idea,
quizá, de que ella se quedaba sin palabras, en la boca, porque en el
corazón el discurso aumentaba cada vez que sus ojos la miraban
fijamente; así cuando estaban solo los dos, hablando de banalidades,
la única forma en que ella podía expresar su mísera felicidad, era
mediante una tímida sonrisa.
El problema era entonces, que ella no
sabía si él sabía. Que ella creía con certeza que él sentía lo
mismo. Pero quién sabe, porque entre risas, y música y letras
y...todo, él era un misterio.
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