26 jun 2013

¡Si tuve el tiempo de mi vida!



Por fin llegó el día. Si, ahora podré salir a la calle a buscar trabajo porque soy bachiller. En fin, esperen a esta periodista. En otras noticias, recuerdo cuando mi mamá me dijo, y a mi hermano también, que debía cambiar de colegio. No veo en mis memorias mi reacción pero sí que no me pidieron permiso alguno. ¿Algún padre lo hace acaso? 


Ya qué más da, hice doce y viajé a España. Peleé con gente y me hice amiga de… ¿mis amigos? Hay que rescatar eso. Las relaciones interpersonales. Se lo agradezco al destino por presentármelos a ellos. A quienes conocí en la cárcel, perdón reformatorio, ¡ay! el colegio.


¿Quién dijo que iba a ser fácil? – Mi madre-pero viéndolo desde esta nueva perspectiva, aquella en la que no he tenido que ir formalmente al colegio desde hace mes y medio, no fue tan grave. Sí, lo confieso, las ganas faltaron. Cuántas veces no me imaginé con este día, y con MI promoción – eso es importante- porque significaría, que ya es un hecho, que terminé, que lo logré, que estoy en ese mínimo porcentaje, no solo de Colombia, sino del mundo, que logra terminar sus estudios básicos.  ¡Hola Mundo!


Desagradecida no. Porque fue una gran oportunidad que se me presentó y que hasta ahora logro ver. Saqué buen puntaje en el examen de estado, lo que me permitió entrar a una buena universidad a estudiar lo que se me da la gana. Esto claro, gracias al colegio; el que dicen por ahí que es uno de los mejores de España ¡Hágame el favor!


Respiro profundo, se vienen recuerdos a la mente, personas, lugares, momentos y ¿Francisco Franco? En fin…esta noche entraré al auditorio con el birrete, la toga, la estola y el Gaudeamus igitur. ¡Mami mírame!, ¡Papá si pude con las matemáticas de este año!, ¡Hermano bobo, donde sea que estés- Zúrich- llevo los tentáculos conmigo para no hacer cosas ni babosas ni merífluas! (usted, lector, omita esto si no es mi hermano. Si es mi hermano: Moo bobo).


Y cuando salga, con el diploma y tire el birrete al cielo, pensaré en mi canción favorita y diré que sí 


¡Si tuve el tiempo de mi vida!

10 jun 2013

Ventana



En mis épocas infantiles solía abrir la ventana del cuarto de mi madre, aprovechando que vivimos en un sexto piso,  en horas nocturnas, para apreciar las luces del firmamento pues mi papá me enseño a querer al cielo y a sus habitantes. En la noche nos acostábamos sobre el pasto,  sin importar el frío, a ver  aquellas pequeñas luces de allá arriba. Podían ser no solo estrellas, sino también planetas, o galaxias, o sueños. 


Siempre mirando hacia arriba, anhelando tantas cosas, suspirando por la imposibilidad de estar allí; porque mi deseo más profundo siempre fue poner un pie fuera de la ventana, y luego el otro y abrir los brazos y saltar y dar piruetas y girar y de aquí para allá y hola palomita cómo estás y mira que allá voy a estudiar y estoy agotada mejor voy a la luna a descansar.


Pero a veces se me pasa por la cabeza que a medida que uno crece los sueños se hacen más pequeños. Es como si un grande ya no tuviera derecho a decir que algún día quisiera volar, porque, aquellas, son bobadas infantiles. 


Ya no abro la ventana, ni me acuesto con mi papá a ver el firmamento y sus habitantes; sin embargo, ahora que vivo en el cuarto de mi hermano, el cual tiene un gran ventanal, subo completamente la persiana, justo antes de dormir. Porque algo todavía me dice que cuando me tire desde el sexto piso podré irme revoloteando por ahí.