14 jul 2015

Los cuervos de la cerveza

Cuando Rufino José (porque si se le dice solamente Rufino podría confundirse con su padre) conoció a  Friedrich Pott, se presentó como cervecero. El único idioma en común entre ambos estudiosos era el latín, por lo que Pott, uno de los más importantes filólogos alemanes del Siglo XIX, dijo consternado “¿Podría repetir?”, pues quizá había escuchado mal lo que el colombiano le acaba de decir. Rufino José reiteró su profesión, después de todo, fue una fábrica de cerveza (que había montado con su hermano), la que le había dado el dinero suficiente para viajar a Europa.

Rufino José ya había entablado una relación epistolar con Pott. Sin embargo, el alemán se sorprendió al conocer al filólogo colombiano el primero de octubre de 1878. Por un lado, porque en ese entonces era extraño encontrar a un estudioso del lenguaje que no fuera europeo, y por otro, por la forma en que Rufino José había obtenido el dinero para financiar su viaje al viejo continente.

Rufino José se instaló en París, pero visitó diferentes lugares de Europa para conseguir los libros y las revistas que lo ayudarían con su investigación para crear su mayor obra: “Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana”. En uno de sus viajes, fue a Halle, una pequeña ciudad alemana, donde conoció a Pott.

Aquello impresionó a Pott, pues en ese momento una de las profesiones más prestigiosas en Europa era la filología, ya que el estudio del lenguaje estaba en pleno furor. Además, un cervecero siempre sería bien recibido en Alemania. Rufino José portaba ambos títulos, y no solo eso, sino que además había sido autodidacta en ambas cosas.

La cervecería la fundó su hermano Ángel en un momento de dificultades económicas para la familia. Don Rufino, el padre, había muerto y la familia de los Cuervo había quedado sumida en la pobreza, sin esperanza, a pesar de que la casa quedaba en esa calle de la Candelaria.

La vivienda perteneció a la familia de la madre de Rufino José, doña María Francisca de Urisarri y Tordecillas, por lo que ella le había pedido a su esposo que adquiriera la casa de la Calle de la Esperanza nº 4. Don Rufino no dudó en adquirir la “finca” que estaba en estado deprorable, pero en 1838 empezaron las reformas del lugar donde la pareja criaría a sus cinco hijos.

Fue allí donde Rufino José empezó a estudiar el lenguaje, siendo parte de una familia acomodada, pues su padre era un importante político que incluso llegó a ser vicepresidente. A pesar de ello, don Rufino siempre intentó inculcarles a sus hijos valores de responsabilidad y trabajo duro.

Rufino José y Ángel habían escuchado que en un cuarto de la casa había un tesoro de la Colonia. Ambos eran pequeños y se habían dejado llevar por las palabras de la gente, así que cogieron las herramientas y empezaron a abrir el suelo. Cuando los niños estaban adelantados en la labor, su padre entró y les dijo que cerraran aquel agujero inmediatamente “si quieren tener dinero, búsquenlo, no debajo de la tierra, ni confiados en un encuentro casual, sino luchando con la necesidad y por medio del trabajo honrado."

Cuando don Rufino murió en 1853, Rufino José ya había estudiado en diferentes claustros de enseñanza latín, castellano, lógica y las teorías de Andrés Bello. La educación guiada terminó cuando Rufino José tenía 17 años y desde entonces todo lo que aprendió fue de manera autodidacta.

La familia decaía cada vez más. A veces no había nada de comer y si lo había, era por las míseras ventas de vinagre casero hecho por su madre. Asimismo, Rufino José se encerraba días enteros, o incluso semanas, por no tener ropa limpia o adecuada para salir. Además, la casa estaba hipotecada y los vecinos se dedicaban a crear chismes de la familia. En ese momento, a Ángel se le ocurrió la idea de formar una cervecería, la primera de Colombia, que se instalaría en el sótano de  la casa familiar.

Ángel fundó la fábrica en 1867 con escasos recursos y sin previo conocimiento en la elaboración de cerveza. Entusiasta con la idea, estudió la fórmula y analizó innumerables recetas. Sobre ensayo y error, encontró el punto para sus productos, que se llamaron “La Pola”, “Don Quijote” y “No más Chicha”.

Al principio Ángel  hacía todo, desde elaborar la cerveza y mover los barriles, hasta distribuirla. “Usted a lo suyo y yo lo mío”, le dijo un día Ángel a su hermano. Ambos sabían que Rufino José no estaba destinado precisamente a ser cervecero. “Y llévese esta idea en la cabeza: lo mío es para que usted haga lo suyo”, reiteró.

Un día, mientras Rufino José estudiaba, escuchó un estruendo en el sótano. Al bajar, vio cómo su hermano caminaba de un lado a otro, moviendo los brazos preocupado mientras que las botellas y los corchos estaban tirados en el piso. “No puedo hacer esto solo, Rufino José, necesito contratar personal y el dinero no va  a alcanzar”, comentó Ángel. Rufino José tomó las botellas y con calma dijo “lo haré yo”, dejando atónito a su hermano.

Cuando comenzaron había miradas y susurros respecto a la nueva actividad de los Cuervo. “Vean en lo que han parado los hijos del doctor Cuervo”, anotaban los bogotanos con malicia. Pero cada día Rufino José  se sentía más orgulloso de su nueva profesión, tanto así, que agregó el oficio al sumario de sus títulos y empezó a presentarse como cervecero y filólogo.

Rufino José hacía las cuentas y los mandados. Y esto último fue lo que más disfrutó el joven estudioso, pues conoció personas y lugares nuevos. Además, permanecía horas en aquellos lugares para estudiar las conversaciones: los modismos y las expresiones de la gente común. Los bogotanos se acostumbraron a su presencia en las tiendas; ellos disfrutaban de la cerveza de Cuervo, y él disfrutaba con sus palabras. Aquí nació  su ensayo “Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano”.

Actualmente, la cerveza de los Cuervo tendría un feo sabor, pero en ese entonces, los bogotanos la consideraban de excelente calidad. A la cervecería le fue tan bien, que con las ganancias pudieron deshipotecar la casa de la familia, además, empezaron a ser conocidos como ricos y pudientes. Su dinero no lo guardaban solo para ellos, sino que hacían jugosas donaciones a la Iglesia. Mes a mes les daban dinero a las monjas clarisas, que de un momento a otro se volvieron insaciables. La iglesia se empezó a aprovechar de la bondad de los Cuervo y ellos decidieron partir para dedicarse a lo que amaban: Ángel a la literatura y Rufino José a su diccionario

Sin nadie que los atara, pues su madre había muerto un año después que su padre, y como ya no tenían más hermanos, vendieron la cervecería para viajar a París.  Ángel recordó a un amigo suyo de la guerra, Juan Hincapié, a quien contactó en 1870 para venderle la fábrica. El dinero recogido bastó y sobró para que los hermanos se pudieran instalar en Francia con comodidad hasta la muerte de Rufino José en 1911.


El primero de octubre de 1878, Rufino José le explicaba a Friedrich Pott cómo iba su diccionario. Era tan completo que solo llegó a escribirse hasta la letra D. Pott seguía asombrado porque Rufino José Cuervo, un colombiano autodidacta, se había presentado como cervecero.

8 jul 2015

Después de un tiempo...

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma, y uno aprende que el amor no significa acostarse y una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender... que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes... y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno prende y aprende... y con cada día uno aprende. Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado. Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas. Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tusoledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla. Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de amistades falsas. Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida. Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes. Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual. Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir. Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible. Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios multiplicados al cuadrado. Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas. Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante. Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo.
Jorge Luis Borges