16 ago 2014

Carta sobre un único gran amor



Bogotá, 26 de octubre de 2012
 
Sres. Lectores, 

He creado lo que a continuación leerán. Lo escribí, con mucho esfuerzo, (puesto que casi no queda sangre en mis venas que me dé fortaleza) en una tarde soleada del mes de octubre en La Orquídea, la cafetería tradicional de la Carrera Séptima.

Sin dar más espera:

Ella y yo nos conocimos por coincidencia, puesto que esa mujer buscaba a alguien de otro tipo, con un estilo distinto. Yo no quería saber de nadie. En realidad, nunca me dijeron que alguien como yo podría entablar relaciones. Lo cierto es que ninguno de nosotros está en la facultad de hacer semejante cosa. Unir los propios sentimientos con los de otro es de locos, de enfermos, de retrógradas. Pero yo me creí así la primera vez que toqué su piel, suave y áspera al tiempo.

Me sedujo con su sonrisa aquella mañana de jueves lluvioso. Eso sí, yo también contribuí a nuestra unión. Me encontraba estático en una esquina. Muchos como yo había delante, detrás, y a ambos lados. Quien mirara desprevenido hubiera supuesto que todos allí éramos iguales. Daba igual que me escogiera a mí o a mi compañero de izquierda. La vi cuando se acercó, intenté moverme, sobresalir, dar una señal; mas todos mis esfuerzos fueron infructuosos. Pasé desapercibido para ella, o eso pensé, pues fue mi color de ropa lo que la atrajo, mi extravagante pero elegante combinación. Ese día vestía muy formal.  

Desde ese momento fuimos inseparables. Íbamos a todos lados juntos. Me presentó a todos sus amigos. A mí me hubiera gustado hacer lo mismo, pero lo había dejado todo por ir tras ella. Lo que más me gustó de nosotros, fue que éramos uno. Ella tenía una pequeña dificultad para decir lo que pensaba. Le costaba expresar sus sentimientos; no hacia mí, pero si hacia el mundo. Y yo la ayudé. Siento orgullo de ello. 

Una noche, sobre una sábana blanca con decoración a cuadros, nos recostamos. Yo miraba su sonrisa, ella observaba mi cuerpo. Con lágrimas en los ojos a punto de salir, aquella mujer se desnudó. Me mostró todo lo que es, lo que fue y lo que algún día deseaba poder ser. Lo que hicimos después de eso fue magno. Sentía su sudor yendo a través de mi cuerpo. Ella me manejaba como quería. Me llevaba de arriba abajo, me daba vueltas, me soltaba por un instante y, cuando recuperaba fuerzas, me volvía a agarrar suavemente para empezar de nuevo. Aún recuerdo nuestra primera vez.

Desgraciadamente todo cambió. Ella se  volvió experta en mostrase, en enseñarlo todo a todos, cuando aquello le pertenecía solo a uno. Yo creí que su ser era mío. Pero me enteré de que había estado con muchos otros. 

Enfurecido por su actitud, decidí dejarla, abandonarla, no volverla a ver. Pero soy un fracaso en las despedidas, tanto así que al llorar mientras partía, no salieron de mí lágrimas de agua, sino de sangre, lo cual la advirtió de mi difícil decisión.

-Yo aún te amo, pero tu tiempo conmigo ha terminado. Ya no hacemos lo mismo que solíamos hacer. En otras palabras, tú ya no me das lo que necesito.  Eres viejo y obsoleto.-dijo mientras me detenía en la puerta.


-¿Desechas a tu primer amor por semejante tontería?-pregunté disgustado.


-No te he botado, puesto que aún te conservo. Estás aquí, conmigo y me recuerdas cómo fue la primera vez. He aprendido que es indispensable conservar los momentos, aunque cambiemos. Lo admito, soy diferente. Otra distinta de la que conociste aquel día. Pero aún lo recuerdo, me recuerdo a mí, a ti, a nosotros.


No dije nada. Ella prosiguió.


-Tú solo me enseñaste a gritarle al mundo. Pero ahora, que soy mayor y más madura, le susurro al mundo, le hablo, le canto, le recito poesía, le cuento chistes y le narro historias. 


Yo no lo podía soportar. Pero, sin embargo, mi amada tenía razón. Yo le enseñé a gatear y los otros, ¡Ellos le han enseñado a volar! Y sé que seguirá aprendiendo. A aquellos que ahora tiene (porque anda con muchos a la vez), algún día habrá de cambiarlos, porque como yo, serán viejos y obsoletos para sus ideas, para sus pensamientos, para sus rimas, para sus memorias, para sus anotaciones, para ella misma.

Aquella vez no me fui. Aunque el rencor permanecía, la acompañé por uno o dos días más, pero un día, mientras que ella miraba en otra dirección, salté. Me lancé de su vida en caída libre para golpearme sobre el frío asfalto de la verdad. Fui pateado, pisoteado, barrido.

Ahora le pertenezco a un hombre. Sí, somos tal para cual, viejos y obsoletos para la sociedad. Por eso nos llevamos tan bien. Ya no hago lo que solía hacer con mi amada. No ayudo a nadie a gritarle al mundo, porque por mis venas no corre sangre suficiente. 

Att: Un Esfero