San
Victorino solía ser una ciudad pequeña,
tranquila y sacra. En aquellos tiempos, unos muy lejanos para
recordarlos, se le conocía como una de las cuatro parroquias. Era la entrada, o
la salida, dependía de si se llegaba o se partía; comunicaba con un concepto
abstracto, del cual pocos habitantes habían oído hablar: se decía que si le
daba la espalda a la ciudad, y si se alejaba sin nunca mirar atrás, encontraría
algo que los sabios denominaban mar. Debido
a esto llegaban muchos personajes extraños al centro de aquella ciudad,
trayendo de tierras lejanas artefactos de gran valor.
Algún
día, la tierra bailó y todo lo que fue y pudo ser se destruyó. Lo más
importante, lo que le daba significación, cayó. La parroquia, lo que hacía de
la ciudad sacra se desvaneció tras los escombros aquel 1827.
Una
vez todo reconstruido y un poco diferente a lo que solía ser, el reino en el
que se encontraba la ciudad se deprimió. Las guerras atacaron fuertemente zonas
aledañas a San Victorino, por lo cual tuvo que ser el nuevo hogar de muchos
campesinos. Al principio extraños, pero más tarde conocidos, estos individuos
inundaron la gran plaza que se distinguía al entrar.
El
tiempo pasó, así como generación tras generación. Una vez una gran mariposa
deforme allí se posó. Cabe aclarar, si nunca
ha estado por allá que, al ir, usted se
debe presentar como si supiera todo del lugar…aunque no tenga idea de por dónde
caminar. . . Es posible encontrar, si se aleja de la plaza principal, por entre
pasadizos y calles pequeñas que recuerdan la antigüedad, gentes expectantes a
posibles clientes de tierras lejanas. Estos preguntan con rapidez bucal por el
tesoro que se ha ido a buscar. No siempre tienen la respuesta, pero sí la
amabilidad de remitir al extranjero a un compañero que sí conozca la ubicación.
Ahora
bien, en la plaza es posible apreciar, por ejemplo, alquimistas que venden
mágicas pociones, de caña, de naranja,
de guanábana; payasos mal maquillados
que nunca asistieron a una escuela de teatro; habitantes sin dirección que se
tomaron toda esta ciudad como su propio hogar.
Y
cuando llegue el momento de salir, detrás habrá que dejar historia, magia a
veces nostalgia. En los caminos aledaños aún hay uno que otro intentando vender
tesoros. ¡Si supieran que dentro de la ciudad se los puede encontrar todos!