Hoy viví por primera vez una hora pico en
Transmilenio. Tal vez estoy escribiendo con la herida abierta y vinagre
encima, pero nunca había sentido tanta
impotencia como hoy. A pesar de odiar el estar rodeada de gente – a menos que
sea en un concierto o algo así- lo tomé con calma: no tenía afán de llegar a mi
destino y sabía que el bus que me servía suele pasar considerablemente vacío.
Como llevaba la tarjeta cargada me dirigí a la
entrada del sistema. La fila avanzaba entre empujón y empujón. Al frente de mí
había un señor que era más maleta que señor. Primer problema: las personas
creen que son el centro del mundo y nos les interesa el otro. Su mochila parecía llena de piedras, con
esquinas puntiagudas y duras. En un intento por respirar mejor, le pedí amablemente
que se quitara la maleta, pues me estaba lastimando e impedía el paso de
algunas personas. NO. “Está bien, ya casi llego”, pensé.
Me descuidé por un segundo y una señora se coló
en la fila. Segundo problema: pensar que el más audaz pasa dejando a los despistados
atrás. Dije en voz alta por impulso “Y ahora esta señora…” Ella me miró, pero
al ver que era de edad, falseé una sonrisa, extendí la mano y le di el paso “posiblemente
está apurada, yo no”. Me relajé, de todas formas yo también iba a entrar y no
me quitaba ni cinco minutos una persona más adelante.
Por fin la fila avanzó. El señor maleta colocó
su tarjeta, pagó su pasaje y pasó. Y justo antes de que la registradora se
devolviera, aquella señora, la que había mostrado su falta de ciudadanía al colarse
en la fila, pero que yo dejé por consideración, se coló. ¡Pasó sin pagar
pasaje!
Mi indignación no esperó “¡EY! ¡Esta señora se
está colando!” ¿Sucedió algo? No. Tan solo conseguí risas de hombres que vieron la escena. Lo que más me
molestó fue una trabajadora de Transmilenio que no hizo nada. Me regañó a mí por no dejar que las personas salieran “¿perdón?, ¿acaso no están saliendo por
allá?, ¿acaso no es más importante devolver a esa señora y exigirle que pague un
pasaje?” Ante mis reclamos, aquella trabajadora me dijo que me acercara. Me
negué y en cuanto pude puse la tarjeta y pasé. “Te dije que vinieras para que
pasaras sin pagar” Dijo ella sin pena en el rostro. ¿Acaso el premio por
indignarme es un pasaje gratis?
Los bogotanos se merecen el mal servicio de
Transmilenio. Las lozas de la Caracas llenas de huecos. El retraso de los buses
y la falta de ellos. Los precios altos ¡Todo eso! Si los ciudadanos no hacen
respetar su medio de transporte ¿cómo van a exigir un buen servicio? Respetar
no es solo no pintar las sillas, es exigir a los otros que respeten.