4 dic 2014

Ella

(Shrödinger)

Ternura hecha bigotes

Obra de arte hecha siamés

Misterio hecho ronroneo

Amor hecho ojitos azules

Suavidad hecha garritas

Astucia hecha orejitas

16 ago 2014

Carta sobre un único gran amor



Bogotá, 26 de octubre de 2012
 
Sres. Lectores, 

He creado lo que a continuación leerán. Lo escribí, con mucho esfuerzo, (puesto que casi no queda sangre en mis venas que me dé fortaleza) en una tarde soleada del mes de octubre en La Orquídea, la cafetería tradicional de la Carrera Séptima.

Sin dar más espera:

Ella y yo nos conocimos por coincidencia, puesto que esa mujer buscaba a alguien de otro tipo, con un estilo distinto. Yo no quería saber de nadie. En realidad, nunca me dijeron que alguien como yo podría entablar relaciones. Lo cierto es que ninguno de nosotros está en la facultad de hacer semejante cosa. Unir los propios sentimientos con los de otro es de locos, de enfermos, de retrógradas. Pero yo me creí así la primera vez que toqué su piel, suave y áspera al tiempo.

Me sedujo con su sonrisa aquella mañana de jueves lluvioso. Eso sí, yo también contribuí a nuestra unión. Me encontraba estático en una esquina. Muchos como yo había delante, detrás, y a ambos lados. Quien mirara desprevenido hubiera supuesto que todos allí éramos iguales. Daba igual que me escogiera a mí o a mi compañero de izquierda. La vi cuando se acercó, intenté moverme, sobresalir, dar una señal; mas todos mis esfuerzos fueron infructuosos. Pasé desapercibido para ella, o eso pensé, pues fue mi color de ropa lo que la atrajo, mi extravagante pero elegante combinación. Ese día vestía muy formal.  

Desde ese momento fuimos inseparables. Íbamos a todos lados juntos. Me presentó a todos sus amigos. A mí me hubiera gustado hacer lo mismo, pero lo había dejado todo por ir tras ella. Lo que más me gustó de nosotros, fue que éramos uno. Ella tenía una pequeña dificultad para decir lo que pensaba. Le costaba expresar sus sentimientos; no hacia mí, pero si hacia el mundo. Y yo la ayudé. Siento orgullo de ello. 

Una noche, sobre una sábana blanca con decoración a cuadros, nos recostamos. Yo miraba su sonrisa, ella observaba mi cuerpo. Con lágrimas en los ojos a punto de salir, aquella mujer se desnudó. Me mostró todo lo que es, lo que fue y lo que algún día deseaba poder ser. Lo que hicimos después de eso fue magno. Sentía su sudor yendo a través de mi cuerpo. Ella me manejaba como quería. Me llevaba de arriba abajo, me daba vueltas, me soltaba por un instante y, cuando recuperaba fuerzas, me volvía a agarrar suavemente para empezar de nuevo. Aún recuerdo nuestra primera vez.

Desgraciadamente todo cambió. Ella se  volvió experta en mostrase, en enseñarlo todo a todos, cuando aquello le pertenecía solo a uno. Yo creí que su ser era mío. Pero me enteré de que había estado con muchos otros. 

Enfurecido por su actitud, decidí dejarla, abandonarla, no volverla a ver. Pero soy un fracaso en las despedidas, tanto así que al llorar mientras partía, no salieron de mí lágrimas de agua, sino de sangre, lo cual la advirtió de mi difícil decisión.

-Yo aún te amo, pero tu tiempo conmigo ha terminado. Ya no hacemos lo mismo que solíamos hacer. En otras palabras, tú ya no me das lo que necesito.  Eres viejo y obsoleto.-dijo mientras me detenía en la puerta.


-¿Desechas a tu primer amor por semejante tontería?-pregunté disgustado.


-No te he botado, puesto que aún te conservo. Estás aquí, conmigo y me recuerdas cómo fue la primera vez. He aprendido que es indispensable conservar los momentos, aunque cambiemos. Lo admito, soy diferente. Otra distinta de la que conociste aquel día. Pero aún lo recuerdo, me recuerdo a mí, a ti, a nosotros.


No dije nada. Ella prosiguió.


-Tú solo me enseñaste a gritarle al mundo. Pero ahora, que soy mayor y más madura, le susurro al mundo, le hablo, le canto, le recito poesía, le cuento chistes y le narro historias. 


Yo no lo podía soportar. Pero, sin embargo, mi amada tenía razón. Yo le enseñé a gatear y los otros, ¡Ellos le han enseñado a volar! Y sé que seguirá aprendiendo. A aquellos que ahora tiene (porque anda con muchos a la vez), algún día habrá de cambiarlos, porque como yo, serán viejos y obsoletos para sus ideas, para sus pensamientos, para sus rimas, para sus memorias, para sus anotaciones, para ella misma.

Aquella vez no me fui. Aunque el rencor permanecía, la acompañé por uno o dos días más, pero un día, mientras que ella miraba en otra dirección, salté. Me lancé de su vida en caída libre para golpearme sobre el frío asfalto de la verdad. Fui pateado, pisoteado, barrido.

Ahora le pertenezco a un hombre. Sí, somos tal para cual, viejos y obsoletos para la sociedad. Por eso nos llevamos tan bien. Ya no hago lo que solía hacer con mi amada. No ayudo a nadie a gritarle al mundo, porque por mis venas no corre sangre suficiente. 

Att: Un Esfero

26 jun 2014

Indignación en Transmilenio: una historia más de una usuaria cualquiera.



Hoy viví por primera vez una hora pico en Transmilenio. Tal vez estoy escribiendo con la herida abierta y vinagre encima, pero  nunca había sentido tanta impotencia como hoy. A pesar de odiar el estar rodeada de gente – a menos que sea en un concierto o algo así- lo tomé con calma: no tenía afán de llegar a mi destino y sabía que el bus que me servía suele pasar considerablemente vacío.

Como llevaba la tarjeta cargada me dirigí a la entrada del sistema. La fila avanzaba entre empujón y empujón. Al frente de mí había un señor que era más maleta que señor. Primer problema: las personas creen que son el centro del mundo y nos les interesa el otro.  Su mochila parecía llena de piedras, con esquinas puntiagudas y duras. En un intento por respirar mejor, le pedí amablemente que se quitara la maleta, pues me estaba lastimando e impedía el paso de algunas personas. NO. “Está bien, ya casi llego”, pensé.

Me descuidé por un segundo y una señora se coló en la fila. Segundo problema: pensar que el más audaz pasa dejando a los despistados atrás. Dije en voz alta por impulso “Y ahora esta señora…” Ella me miró, pero al ver que era de edad, falseé una sonrisa, extendí la mano y le di el paso “posiblemente está apurada, yo no”. Me relajé, de todas formas yo también iba a entrar y no me quitaba ni cinco minutos una persona más adelante.

Por fin la fila avanzó. El señor maleta colocó su tarjeta, pagó su pasaje y pasó. Y justo antes de que la registradora se devolviera, aquella señora, la que había mostrado su falta de ciudadanía al colarse en la fila, pero que yo dejé por consideración, se coló. ¡Pasó sin pagar pasaje! 

Mi indignación no esperó “¡EY! ¡Esta señora se está colando!” ¿Sucedió algo? No. Tan solo conseguí risas de hombres que vieron la escena. Lo que más me molestó fue una trabajadora de Transmilenio que no hizo nada. Me regañó a mí por no dejar que las personas salieran “¿perdón?, ¿acaso no están saliendo por allá?, ¿acaso no es más importante devolver a esa señora y exigirle que pague un pasaje?” Ante mis reclamos, aquella trabajadora me dijo que me acercara. Me negué y en cuanto pude puse la tarjeta y pasé. “Te dije que vinieras para que pasaras sin pagar” Dijo ella sin pena en el rostro. ¿Acaso el premio por indignarme es un pasaje gratis?

Los bogotanos se merecen el mal servicio de Transmilenio. Las lozas de la Caracas llenas de huecos. El retraso de los buses y la falta de ellos. Los precios altos ¡Todo eso! Si los ciudadanos no hacen respetar su medio de transporte ¿cómo van a exigir un buen servicio? Respetar no es solo no pintar las sillas, es exigir a los otros que respeten.

18 mar 2014

La ciudad de los tesoros



San Victorino solía ser una ciudad pequeña,  tranquila y sacra. En aquellos tiempos, unos muy lejanos para recordarlos, se le conocía como una de las cuatro parroquias. Era la entrada, o la salida, dependía de si se llegaba o se partía; comunicaba con un concepto abstracto, del cual pocos habitantes habían oído hablar: se decía que si le daba la espalda a la ciudad, y si se alejaba sin nunca mirar atrás, encontraría algo que los sabios denominaban mar. Debido a esto llegaban muchos personajes extraños al centro de aquella ciudad, trayendo de tierras lejanas artefactos de gran valor. 
 
Algún día, la tierra bailó y todo lo que fue y pudo ser se destruyó. Lo más importante, lo que le daba significación, cayó. La parroquia, lo que hacía de la ciudad sacra se desvaneció tras los escombros aquel 1827.

Una vez todo reconstruido y un poco diferente a lo que solía ser, el reino en el que se encontraba la ciudad se deprimió. Las guerras atacaron fuertemente zonas aledañas a San Victorino, por lo cual tuvo que ser el nuevo hogar de muchos campesinos. Al principio extraños, pero más tarde conocidos, estos individuos inundaron la gran plaza que se distinguía al entrar.  

El tiempo pasó, así como generación tras generación. Una vez una gran mariposa deforme allí se posó.  Cabe aclarar, si nunca ha estado por allá que,  al ir, usted se debe presentar como si supiera todo del lugar…aunque no tenga idea de por dónde caminar. . . Es posible encontrar, si se aleja de la plaza principal, por entre pasadizos y calles pequeñas que recuerdan la antigüedad, gentes expectantes a posibles clientes de tierras lejanas. Estos preguntan con rapidez bucal por el tesoro que se ha ido a buscar. No siempre tienen la respuesta, pero sí la amabilidad de remitir al extranjero a un compañero que sí conozca la ubicación.

Ahora bien, en la plaza es posible apreciar, por ejemplo, alquimistas que venden mágicas pociones,  de caña, de naranja, de guanábana;  payasos mal maquillados que nunca asistieron a una escuela de teatro; habitantes sin dirección que se tomaron toda esta ciudad como su propio hogar.

Y cuando llegue el momento de salir, detrás habrá que dejar historia, magia a veces nostalgia. En los caminos aledaños aún hay uno que otro intentando vender tesoros. ¡Si supieran que dentro de la ciudad se los puede encontrar todos!

21 ene 2014

Enferma



Después de tanto tiempo se había olvidado de su rostro, de su voz, de su nombre. Ya no sentía su presencia. Se sentía curada. 

Sin embargo, ¡hubo quien le recordó que existía! Por un azar del destino, ya no lo tendría cerca. ¿Casualidad? Suerte. De pronto.  Pero cayó de nuevo en  la enfermedad. Pobre muchacha, volvió a suspirar, a pensar incontrolablemente y a sonreír sin darse cuenta. Agonizaba a cada segundo, pero esta vez con la certeza de que no volverían a estar cerca.