21 nov 2013

Reflexión sobre la democracia colombiana: entre el voto en blanco y la imposibilidad de los tomates.



El texto de Monedero llega a mí en un momento de terrible confusión. En estos últimos meses ha venido a mi cabeza constantemente el pensamiento de que el próximo año, por primer vez, sufragaré, haciendo el papel que se supone que debo hacer como ciudadana. Sin embargo, recuerdo con nitidez cómo hace tres años, durante la competencia Mockus-Santos, me involucré en ese tema, en la política. Un poco perdida me aventuré en ese camino, sin embargo tenía claro que si hubiera podido votar, lo abría hecho por la fórmula de matemáticos que pretendían dar un giro diferente al país. 

Ahora bien, mi preocupación radica en que no quiero que la primera vez que marque una equis en un tarjetón sea sobre un espacio en blanco. No caeré en la moda actual: decir que votaré en blanco porque ningún candidato es bueno. Pero aunque lo intente, indagar sobre las diferentes propuestas y posturas, no he dado con una con la que esté de acuerdo –o si la he encontrado, entonces es difícil aquella elección. Más adelante hablaré al respecto-. Porque algo que tengo claro, es que hay que votar por quien UNO crea conveniente, no por el que las encuestas o los medios dicen que va a ganar –el que lidere y el que es la oposición-. 

Y con respecto a esto, me parece ridículo, concordando con Monedero, que la democracia se haya reducido al voto. Parece entonces que la única forma de participar de esta es mediante el sufragio. ¡Y encima le llaman universal! Me parece que para que haya una buena democracia, debe haber una buena educación. En primer lugar, el sufragio es lo último en la cadena de la democracia. Hay que empezar por informarse, conociendo los problemas del lugar – más allá del país, del departamento, ciudad o pueblo-. Tras esto, es imprescindible saber qué es lo que uno quiere y lo que considera mejor para su entorno. Teniendo esto claro, se acude entonces a las ideas de los candidatos. Estos personajes deberían presentarlas de forma clara, amena y concisa. Aquí enlazo con el concepto de universal. No creo que tenga que ver con que todo el mundo pueda ejercer el derecho. Tiene que ver con que todo el mundo conozca y tenga claro qué derecho está ejerciendo. Pienso en un habitante de algún sitio rural, desgraciadamente, carente de educación, que es bombardeado solo con nombres, mas no con propuestas o soluciones. Entonces se dirige a las urnas y ve en el tarjetón un partido cuyo nombre lleva el apellido de alguien que es constantemente mencionado en los medios. Sin conocimiento alguno, es probable que vote por ese partido porque es lo más familiar a él; dirá que ejerció su derecho al voto, sin embargo, creo yo,  bajo la idea de sufragio universal, el ciudadano solo fue manipulado. Porque la universalidad del voto más allá de que mujeres y afrodecendientes puedan votar. Es tener la oportunidad de decidir por quién votar, basado en una previa reflexión utilizando la educación.

Además, hace unos días, el actual presidente anunció que se inscribiría para la reelección. En cierto modo, lo sabía –todo el mundo-.  Sus razones, son obvias: llegar a algo de una vez por todas con el Proceso de Paz. Pareciera  que no busca calidad, sino velocidad, para restregarle así a su oposición que si fue capaz. Hoy en mi país una de las oposiciones más marcadas del gobierno derechista, es un partido de ultra derecha. No sé analizar discursos políticos, pero las palabras del mandatario estaban claras, se encadenaban una tras otra en busca del esperado, pero no sorpresivo, desenlace: paz. Lo desconcertante es que el mandatario parece un casete viejo recordando una y otra vez lo dicho anteriormente, pero no la idea. Recuerdo a Monedero: “no vayas a las palabras del pasado creyendo que ayer significaban lo mismo que hoy. Las palabras permanecen, los conceptos cambian.”  Supongo que el presidente busca algo distinto, pero el concepto siempre ha estado. Su idea se desplaza y se olvida del contexto ¿paz a cualquier precio? O ¿paz sin justicia? ¿Lo importante es que en unos años los libros de colegio le mencionen como el hombre a quien sí le funcionó un proceso de paz? 

Ahora bien, me gustaría hacer mención a un proyecto emergente de ciudadanos  para ciudadanos. El llamado Partido del Tomate, nació de personas indignadas con la política actual. Empezaron mediante las llamadas tomatinas, lanzando tomates a vallas con la imagen de diferentes políticos. Una vez perdido el miedo ante estos personajes, “mentirosos, ladrones, oportunistas, falsos, traidores, mezquinos, tiranos, déspotas, explotadores, avaros, mafiosos” el partido se organizó bajo las consignas de “defender el medio ambiente, rechazar la violencia, rebatir la corrupción, lograr educación con equidad en contra de la desigualdad y construir identidad y ciudadanía por medio del arte y la cultura.” Algo con lo que estoy de acuerdo. Y si lanzaran candidatura, si pudiera votar por esas ideas, sería fenomenal. Sin embargo, el Consejo Nacional Electoral exige un pago de 230 millones de pesos para poder participar de las elecciones. ¿Es democrático? ¿Es universal? La pluralidad política no existe en Colombia y este es el claro ejemplo. Y otra vez, Monedero, con respecto a la democracia en Grecia “los ricos siempre intentaban darles lo mínimo posible de ciudadanía a los pobres”. En ese entonces en la República Helénica y ahora en Colombia. Solo los partidos políticos tradicionales tienen el poder adquisitivo de pagarse esa vinculación. El Partido del tomate, sin embargo, ha estado organizando una colecta por el dinero necesario. Al parecer, se hace hasta lo imposible para que los indignados no se manifiesten. La democracia, universal, en este país, está en manos de pocos, poderosos y ricos con intereses propios. 

Ni de izquierda ni de derecha. Fuera los títulos. Lo que importa hoy es el bienestar del país, de las personas, del medioambiente, de los derechos, de todo en su conjunto. Así que esperaré paciente a leer con calma todas las propuestas de los candidatos. Por ahora, me iré a lanzar tomates.

Referencias:

Monedero, Juan Carlos “Panfleto desde el país de los perplejos. Razones para no entender nada o para entenderlo todo” en CURSO URGENTE DE POLÍTICA PARA GENTE DECENTE. Seix Barral 2013

http://partidodeltomate.co/

19 nov 2013

Pequeñas momias


En algún lugar del barrio Santa Fe, en Bogotá, se encuentra un museo fuera de lo común. No son pinturas, esculturas, objetos históricos o celebridades en cera. Son momias las que habitan aquel lugar, pero no egipcias, como en algunos museos famosos del mundo. En realidad, son momias de bebés. Ni siquiera eso, son momias de fetos.

La entrada está enrejada, supongo que es por la ubicación de la casa, en un barrio bañado de drogadicción, prostitución y crimen. Lo primero que uno hace al entrar, es pagar los diez mil pesos de la entrada. No hay posibilidad de pedir rebaja. Además, advierten que es peligroso llevar adentro de las salas objetos electrónicos como cámaras o celulares, debido  a algo que producen  las momias. Así mismo, tampoco es necesario llevar un cuaderno de notas, como me hubiera gustado hacer, pues el museo otorga una guía de ocho hojas con toda la información pertinente.

La primera sala es un auditorio donde tuve la oportunidad de ver una película sobre la formación del ser humano; es decir, cómo el espermatozoide logra entrar al óvulo, y como a través de los cambios de esa primera célula, se va formando un pequeño ser humano. No sé si fue algo que llamó mi atención, pero recordé las clases de biología del colegio, cuando decían que muchos fetos animales, incluido el humano, se parecen, en forma, cuando están en los primeros meses de gestación. Es verdad, en el video se veía claramente una masa sin forma que se podría confundir con un conejo o un pollo. Al final del video, y como era de esperarse, muestran el parto del bebé al que le había seguido el camino. Eso sí, sin censura, claro y directo se ve como el bebé sale de…

Luego de esta muestra audiovisual, entré a la siguiente sala. Allí hay muestras desde las células a  las treinta horas de vida, hasta un bebé prematuro. También hay muestras de animales marinos, pues el museo recuerda que  la vida proviene del mar. Vi un pequeño esqueleto de un feto, órganos… A pesar de este gran descubrimiento anatómico, impacta ver bebés prematuros que están desnutridos.

Siendo sincera, todo en el museo es impactante. No solo hay bebés o  fetos que por una u otra razón terminaron momificados. Hay además, bebés extraídos por medio de aborto criminal – se ven cráneos fracturados y partes del cuerpo cortadas-, bebés hijos de padres drogadictos o sin ir más lejos, fumadores o alcohólicos- algunos nacen cíclopes, sin extremidades o incluso…ni siquiera nacen, sino que mueren en el vientre. Igualmente, los hay que son literalmente pedazos de carne y huesos, sin una forma reconocible-. Por otra parte, hay algunas momias de bebés afectados  por factores genéticos. En cierto modo, es algo normal, pues le puede pasar a cualquiera –nadie sabe con qué genes viene y qué genes va a otorgar a su descendencia-. En este grupo también entran los hijos de incesto; lo curioso es, que los afectados no suelen ser ni la segunda ni la tercera generación, el daño se empieza a ver más o menos a partir de la quinta generación-según lo que relató la guía-.

Ya no tan pequeña, hay la cabeza de una niña que murió a los siete años producto de una malformación con la que nació. Iba a ser una bebé normal, sin embargo, su madre no tomó las debidas precauciones durante el embarazo-contrajo varicela- por lo que la niña nació con problemas en el cerebro, impidiéndole moverse, y la cara desfigurada. Los padres al verla, la abandonaron, para ser encontrada más adelante por unas monjas que la cuidaron hasta el día de su fallecimiento.

Pero no todo son pequeños seres humanos. También vi la espina dorsal de un adulto, una pierna, caderas, aparatos reproductivos, sistema digestivo, pulmón, corazón, cerebro, mano-una mano muy elegante y con clase, debo decir. Incluso sus uñas estaban pintadas con un hermoso color rosa-.

Una de las misiones del museo es sin duda fomentar una vida sana. Exponen sin tapujos los pulmones de alguien que alguna vez fue fumador, así como su corazón. Los órganos encargados del intercambio de gases son totalmente oscuros y el que es encargado de enviar la sangre al cuerpo es más grande de lo normal-esto se debe a que los pulmones ya no son capaces de “producir el oxígeno suficiente” por lo que al corazón le toca bombear más sangre al cuerpo-. Por supuesto, también están en contra de las drogas. Fomentan el cuidado durante el embarazo-lo cual incluye una dieta sana, nada de usar fajas y asistir a los controles requeridos para detectar cualquier anomalía en el feto-.

Además, están en contra del aborto. ¿Y si fue una violación y la madre no quiere llevar consigo el producto de un episodio traumático en su vida?-el bebé no tiene la culpa-. ¿Y si el bebé viene con malformaciones que impedirían su vida digna?-no somos Dios para decidir cuánto tiempo debe o no vivir un ser humano. Si es un mes, que así sea. Si son tres días, igual. ¿Y si la madre puede morir producto del embarazo?-en ese caso, el médico debe intentar salvar tantas vidas como sea posible-.

Reservo mi posición al respecto. Sin embargo, este espacio me permitió ver las cosas de una manera diferente -justo al día siguiente, haríamos un debate sobre el tema en la clase de constitución-. Muchas cosas se vinieron a mi cabeza, como las heterotopías de Foucault. Hay un principio en particular que dice que hay heterotopías asociadas a cortes de tiempo; estos lugares acumulan tiempo. Pero este lugar en particular acumula más que eso. No son pinturas, esculturas, objetos históricos o celebridades  en cera. Son momias las que habitan este lugar, pero no egipcias, como en algunos museos famosos del mundo. En realidad, son momias de bebés. Ni siquiera eso, son momias de fetos, y de vez en cuando de uno que otro adulto. Eso hace la diferencia. Hay una conexión directa con la exposición. No son solo objetos tras vitrinas, son otros seres humanos, pudo ser uno, o el hermano o la tía. La mayoría son cuerpos de hace cuarenta años, e incluso hoy, gracias a la maravillosa momificación, aún se detallan con precisión detalles de la piel o las cejas y pestañas. Es algo explícito y real.

Di las gracias a la guía y salí pensativa. Después de ver aquello se generan preguntas que solo uno se puede responder.

12 nov 2013

"Simoncho"



Sin duda, una de las mejores cosas que tiene mi Bogotá querida es el Parque Simón Bolivar. En esas maravillosas 113 hectáreas de verde confluyen muchas cosas, ¡miles!

Los deportes por supuesto, están a la orden del día. Bicicletas por todo lado, aeróbicos dirigidos, jogging, estiramientos, canotaje, fútbol…en fin a todo el mundo se le da gusto. Es un lugar especial porque se puede andar en sudadera sin ser juzgado (porque fuera de esta heterotopía hay gente que sale a la calle en sudadera ¡qué falta de respeto!). 

La vez que fui, además de lo de siempre, el SENA estaba realizando un evento para promocionar carros eléctricos tipo Fórmula 1. Tómese una foto al lado del vehículo, súbala a tal cuenta de Twitter y podrá correr junto a un piloto profesional en el autódromo de blah blah… También he sabido de concursos perrunos, de barcos, de globos…en fin, el parque se presta para lo que sea.

Incluso la religión ha sido parte del parque – si no hubiera sido por ella, de pronto ni existiría- ya que en 1968, a raíz de la visita del papa Pablo VI,  fue construido el parque. El pontífice se presentó en el Templete Eucarístico. Mi papá me contó que nunca vio tanta gente como aquel día; que al parecer todo Bogotá había asistido al encuentro.

El templete queda justo al frente del lago, el cual tiene 11 hectáreas. En él se realizan deportes acuáticos, claro, pero además hay patos. ¡Patos! Y un ganso ¡un ganso! Y peces ¡peces! Cuando estuve por allí, de casualidad, había paticos recién nacidos, pero eso si, nada de seguir a la mamá. Nadaban libres “como el ave que salió de su prisión” (?). Otra cosa que me gustó, fue que alrededor de una parte del lago, hay una especie de cuartos de círculo dentro de la pared, con sillas en piedra. Me gustó hasta que olí los orines. ¿Por qué la gente es tan sucia?

Caminé por el parque durante un buen tiempo. Vi a alguien haciendo picnic, otros intentando hacer una carpa, dos mujeres chinas y cuatro niños chinos-voy a asumir que eran chinos, porque cuando los escuché hablar no se parecía ni a los doramas (Corea) ni al animé (Japón)- y un guitarrista que le cantaba a las parejas del parque.

Hablando de música, el lugar que sin duda me gusta más del parque es la Plaza de Eventos. Unas cuantas veces he estado ahí gritando y saltando como psicópata al ritmo de Kiss, The Cure, Dead Kennedys, Molotov, Haggard, Asian Dub Fundation…en fin. Pero cuando fui y la vi vacía, sin gente, en realidad se me hizo pequeña. Pero se siente hermoso estar ahí cerrar los ojos y recordar la música.

Entonces en el parque, se yuxtaponen diferentes espacios y eventos que son incompatibles, como en algunas heterotopías de Foucault. Sin embargo, esto es lo que hace único al parque, que todo tiene espacio y cada uno encuentra lo que quiere.

11 nov 2013

20 de julio



Al salir del Portal de Transmilenio del 20 de Julio, había una calle estrecha, en la cual se escuchaba música a todo volumen. Al principio fue vallenato, más adelante, salsa. El comercio, a las nueve de la mañana, ya estaba listo para recibir a sus clientes durante el día. Los locales de ropa y las cafeterías abundaban; los vendedores ambulantes ofrecían fruta –mango, papaya, piña, salpicón, jugo de naranja-, elementos religiosos-rosarios, novenas, imágenes-, o plantas medicinales- sábila, manzanilla-. Además, y en gran abundancia, había mendigos.

Sobre el lado izquierdo de aquella calle había una entrada al complejo de la iglesia; más adelante verán por qué le he llamado así. Cuando ingresé, al lado derecho me encontré con una capilla, cuyo techo es una gran cúpula, y que al parecer queda detrás del templo  principal, ya que se puede ver cómo se alza el campanario en la parte posterior de la misma. Hoy se celebró la misa del trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario. El folleto de la misa es algo normal: oraciones, salmos, credos y publicidad-libros cristianos de 5000 y 11000 pesos-. No sé la verdad si haya necesidad de hacer propaganda hasta en ese folleto.

Lo primero que vi al entrar fue el gran letrero en letras doradas y mayúsculas, donde se puede leer YO REINARE – voy a asumir que la razón por la que no lleva tilde ese “reinaré” es porque está en mayúsculas, pero he de confesar mi molestia ante aquella falta ortográfica-. Debajo, sobre la gran pared, hay dos círculos hechos en piedra, uno dentro del otro, rodeados de formaciones en el mismo material, que dan la impresión de ser rayos de luz. En el centro de aquella decoración se encuentra el Divino Niño, en una tonalidad dorada, con iluminaciones verdosas producidas por las luces del lugar. Hoy, al parecer, según lo que me contaron personas que han asistido varias veces, no había muchos creyentes. Sin embargo, el camino que realicé para llegar hasta al frente fue difícil, pues tuve que pasar entre muchos fieles.

Debajo de la imagen había muchas flores-ramos, arreglos, algunas solitarias-. Así mismo, las personas que se encontraban más cerca del Divino Niño estaban arrodilladas, en posición de oración. Lo que llamó mi atención fueron dos cajas metálicas, ubicadas a los costados, de tamaño considerable -la altura alcanza mis caderas y la profundidad es de aproximadamente cuarenta centímetros- que llevan un letrero llamativo que dice “limosnas”. Las veladoras, que se encuentran a los lados, funcionan con monedas. Hay que meter una para que se prenda un bombillo en forma de vela, en nombre de alguna petición o de un ser querido. Observé de reojo a varias personas, y la mayoría parecía tener más fe en las monedas que iban a depositar en las cajas o en las veladoras, que en la misma oración o en su mismo credo.

Más allá de la gran pared con el Divino Niño, hay dos caminos, uno de cada lado, que llegan a la iglesia principal. Había misa en el momento en el que entré –en realidad, debido a la afluencia de gente, hay misa cada hora, desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche-. Quedé impresionada por el Cristo del púlpito, pues no parece ensangrentado, como es lo habitual en la Iglesia católica; además la gran cruz sobre la que se encuentra está girada un poco hacia el lado derecho. Algunas personas estaban de pie, pues las sillas ya las habían ocupado. Otros se encontraban sentados en el piso. Caminé hacia el final de la iglesia y llegué a la salida del templo que queda en el mismo eje del púlpito. Del lado izquierdo, en un pequeño cuarto se encuentra la tumba del padre Juan del Rizzo. El había llegado  desde Italia en 1935 al barrio. Allí se dedicó a construir la famosa iglesia, a la cual le regaló la famosa imagen del Niño Jesús. Dicen popularmente que aquella imagen ha concedido numerosos milagros.

Salí de aquella iglesia principal y me metí a otro edificio anexado. Allí solían vivir los sacerdotes, pero debido a la gran cantidad de personas que visitan al niño, tuvieron que abrirlo al público. Lo primero que pensé cuando ingresé fue que había otro sacerdote en el centro de los creyentes; sin embargo, me di cuenta de que, en realidad, todos le estaban poniendo atención a una gran pantalla  que transmitía la misa de la iglesia principal. En todo el borde de aquel lugar hay un espacio por el que las personas pueden caminar si así lo desean, sin necesidad de asistir a la misa. Hay una ventanilla en la que las personas pueden pedir misas, por 21000 pesos aunque no dicen el día en el que esta  será efectuada. Si se quiere saber, el precio es mayor. Hay también, un gran salón dedicado a la consejería espiritual, aunque  solo estaba habitado por dos personas. Finalmente, hay un gran cuarto que funciona como confesionario, en él hay ocho confesionarios, cada uno con su respectivo sacerdote dispuesto a escuchar. Antes de salir de ese lugar y dirigirme al último espacio del complejo, empezó a sonar una canción famosa entre los católicos-la cual no sé cómo se llama, entre católicos- pero cuyo nombre y melodía habrán escuchado bastantes. No logro entender por qué han robado –o de pronto no, a lo mejor Simon y Garfunkel está al tanto- la melodía de The  Sounds of Silence

Para terminar el recorrido por el complejo de la iglesia, entré a otra capilla. En realidad, pensé que era la misma del inicio, pero caí en cuenta que aquella está bajo una cúpula. La nueva capilla tiene en el centro de una gran pared la misma imagen del Niño Jesús. Esta es más restringida que la primera, ya que hay una reja que impide que las personas se acerquen demasiado. También hay una caja para las limosnas. En realidad, vi estas cajas a lo largo del recorrido. Por donde uno camine se les ve. Y siempre habrá alguien haciendo su ofrenda. Me contaron que habían construido dos capillas porque la primera no daba abasto para todas las personas que acudían.

Finalmente, terminé el recorrido por el complejo de la Iglesia. Salí a la plaza. Lo más importante en ella es, por supuesto, la iglesia, pero también el colegio selesiano Juan del Rizzo. En ese momento había otra misa en el centro de la plaza. El padre se encontraba sobre una tarima debajo de una gran carpa blanca. Algunas personas se encontraban paradas, las otras estaban sentadas en las escaleras de la plaza. En el edificio del colegio, se encuentra la tienda oficial de la Iglesia del 20 julio. Parece más una tienda de recuerdos de un museo que…no sé, supongo que algunos católicos creen que reafirman su fe o su creencia comprando esos elementos. Hay desde  pequeñas novenas y rosarios hasta grandes imágenes, discos de música, pesebres –aprovechando que ya casi es Navidad- y una camiseta con la imagen del divino Niño estampada. (Sin faltar el respeto a nadie, imaginé a un loco fanático religioso-así como hay locos fanáticos de la música Rock-llevando esa camiseta).

La plaza se va tornando más interesante a medida que uno se aleja de la iglesia. Pareciera que entre más cerca, la gente se va volviendo más respetuosa y más sumisa. Sin embargo, al alejarse las personas se desinhiben, se liberan de la carga del rito. En la esquina contraria de la iglesia, había cuatro llamas –en realidad, tres eran llamos, la otra nunca supe qué es- que sirven de atracción para los niños pequeños. Uno los sube sobre el animal y les toman una foto de recuerdo. También hay venta de juguetes y algodón de azúcar. 

Al final de la plaza, uno llega a dos calles, perpendiculares entre sí, abarrotadas de comercio. Decidí ir por la de la izquierda. En ese momento si que fue difícil caminar entre la multitud, pues esta vez, sí había multitud. Lo que más se ofertaba era ropa de todo tipo, para toda ocasión y para cada miembro de la familia. Los zapatos, igualmente, estaban a la orden del día. También había juguetes, cachivaches varios –de decoración o para la cocina- y comida. Destaco las carnes- las que yo llamo carnes raras-. Reconocí  las génovas; sin embargo había embutidos que no pude distinguir –y que me alegro de no haberlo hecho-. 

Ese es el paseo de las personas del sector el domingo. Van a misa, son devotos, rezan y dejan su donación –porque tal parece que sin donación no hay milagro-. Luego bajan al mercado y disfrutan en familia. 

Recuerdo el primer principio de las heterotopías de Foucault, que dice que cada cultura tiene y crea sus propias heterotopías para objetivar a las personas. La iglesia y el mercado del 20 de julio son el mejor ejemplo. Es un espacio propio de las personas del sector-claro que llegan habitantes de otros lugares de Bogotá, y uno puede encontrar de vez en cuando a alguien del norte- al cual se acude en busca del milagrito. Dentro de las diferentes partes de la iglesia se puede ver en las caras de muchos que creen que es verdad. Para ellos es verdad el hecho de ir a rezarle a la imagen de un niño a ver si se soluciona algún problema –lo que llama mi atención de todo esto es que para conseguirlo hay que pagar, dar una limosna, lucrar a la organización-. Ese espacio fue creado para ese propósito y las personas lo han acogido como propio. Y cabe recordar lo que mencioné más arriba, que a medida que se van alejando de la iglesia se van transformando y si, por ejemplo, van hacia el mercado, sus actitudes cambian radicalmente. Diría que son dos heterotopías metidas en una gran heterotopía. La iglesia y el mercado, juntas en lo que se denomina el 20 de julio.

Una vez terminé el recorrido me fuí.  Detrás de mí se quedaron la iglesia, y  el mercado y las personas. Solo pienso en la leyenda urbana que dice que debajo de la iglesia hay un pozo lleno de monedas, un poso lleno de milagros esperando a ser cumplidos.

7 nov 2013

Silencios no silenciosos


Esta mañana pensé, mientras atravesaba el túnel que conduce de la estación Universidades a la de Aguas, que el silencio, no silencioso, en ese lugar, es hermoso. Cosa curiosa, pues al mismo tiempo iba estresada porque no podía escuchar cómo Julio Sánchez Cristo preguntaba afanado a sus colegas desplegados por el mundo qué habían dicho los medios locales sobre la firma del segundo punto de las charlas de paz entre el gobierno y las FARC.

En realidad, a lo largo del recorrido en el bus rojo, cambio de emisora constantemente. A  veces escucho Blu, pero por alguna razón la señal llega difusa a mi celular. Sintonizo de vez en cuando  alguna estación musical, esperando que suene alguna canción que me gusta; no sé por qué lo hago, si en las mañanas lo único que se escucha son las sandeces de los locutores. 

En fin, sé por costumbre que al atravesar aquel túnel la señal se pierde; sólo se alcanzan a escuchar pequeños fragmentos cuando paso debajo de unos cilindros, ubicados en la parte superior, que permiten la entrada de luz al lugar subterráneo. Sin embargo, bajo el concreto y entre los ladrillos, que es la mayor parte de aquel pequeño recorrido, no se escucha nada.

Así que mientras iba caminando, acompañada de mi estrés diario por perder la señal, me percaté del silencio, no silencioso, del túnel. Me quité los audífonos, algo que nunca suelo hacer, y vi a mi alrededor. Escuché por primera vez aquel lugar por el que camino todos los días. Los pasos, sobre el piso húmedo,  rápidos y minuciosos. Todos tenían afán de llegar. También se oían suspiros. Podría imaginar que provenían de la desazón de saber que se dirigían al mismo lugar, a hacer lo mismo que todos los días. Y ¿por qué no? Suspiros de saber que al llegar a su destino se encontrarían con alguien que les produciría una sonrisa. También escuché cómo algunos hablaban. Suertudos que vienen acompañados, lo cual hace de su viaje más ameno y menos tedioso. No me percaté en las palabras, mas sí de la entonación con la que salían de los labios. Eran susurros, voz baja y misteriosa; a pesar de ello, alegría en un día lluvioso y frío.

Sin embargo, el silencio se apoderó del espacio. Nadie hacía ruido: sus pasos rápidos y acelerados se quedaron mudos, y los suspiros se desvanecieron, y susurraron y bajaron  la voz de tal forma que sin darse cuenta, dejaron de hablar. Mi estrés se desvaneció, se me olvidó la presentación de mi clase de siete y el afán de Julio Sánchez. Bajé la velocidad de mi caminar e hice el menor ruido posible al poner un pie frente al otro. Casi me resbalo debido al piso húmedo y olvidé por completo que bajo los cilindros, ubicados en la parte superior del túnel, por donde entra la luz, la señal llega débil pero algo se puede escuchar. Entonces el tiempo pareció infinito, al igual que el recorrido, y pude disfrutar del silencio.

El día corrió, sin silencio por supuesto. Durante toda la clase de siete hubo charlas. Más tarde en la biblioteca, a pesar de que está prohibido, muchos hablaban, reían y preguntaban por libros que no habían encontrado en las estanterías. Me incluyo, pues, de vez en cuando, David y yo coincidimos al levantar la cabeza de la Sentencia de la clase de mañana, para quejarnos  porque la condenada es de sesenta páginas, tediosa y repetitiva. En la clase final, como siempre, terminamos hablando de feminidad.

Al salir de la universidad, a las cinco de la tarde, sabía que sería horrorosa la vuelta a mi casa. Los Transmilenios se vuelven insoportables en hora pico y el odio y la rabia se fortalecen. Salen a relucir cuando uno está desprevenido y las puertas se abren; y todos salen y nadie entra, y uno quiere salir y nadie lo deja. Eso sucedió cuando me iba a bajar del Transmilenio que me sube de la estación Museo del Oro a Aguas.
 
Volví a encontrarme con el túnel. Otra vez llevaba puestos los audífonos e iba escuchando La X, porque a esa hora pasan ochenteras que me llenan de alegría. Tras la experiencia de la mañana, la cual aún calaba en mi cabeza, decidí dejar de lado la música  e intentar volver a sentir lo mismo. No fue posible, pero creo que sucedió algo igual de mágico. Caminé buscando silencios no silenciosos sin éxito, pero a medida que iba avanzando, una melodía penetraba en mi piel. Caminé más y más rápido hasta encontrarla: una banda subterránea de Jazz. Simples saxofón, trompeta y guitarra (conectada a un minúsculo parlante)  que llenaban el lugar con sus disonantes y desordenadas notas. Underground, descomplicados, simples aquellos músicos. 

Los escuché un rato, porque a las cinco de la tarde ellos se convirtieron en los pasos, los susurros y las conversaciones de las siete de la mañana.

Salí del túnel, esperé un rato el Transmilenio, recordé que llevaba la radio del celular prendida, me puse los audífonos de nuevo.

Selling The Drama de Live

 

31 oct 2013

Camino entre 31 tumbas


Hay quien le dice a uno loco por ir a un cementerio un 31 de octubre. Pero a mí siempre me han gustado esas dos cosas. 

El “31 de octubre”, octubre en general. Con color naranja por todos lados, arañas de peluche, murciélagos, ratas, brujas, diablos, esqueletos decorándolo todo. Y justamente el último día es el fascinante, porque las personas se olvidan de sí mismas y se transforman en otro, o aunque no se disfracen, muchos se sienten diferentes. 

Por otro lado, el cementerio (el  Central más que todo) siempre ha llamado mi atención. A veces incluso, lo siento propio, cercano a mí. Sé que está ahí, y lo vigilo siempre que paso al frente, en el bus, para ir a la universidad. Tiene algo fascinante, que no tienen los otros cementerios de Bogotá. Entre esas cosas, el saber que al entrar, no me encontraré con ningún familiar.

Ya hace varios años le había propuesto a mi papá esta aventura. Le llamé así, porque para algunos es morbo ir a un cementerio si no hay que visitar a algún muerto (más adelante descubrí que no es así). También  la fecha, que para mi significa ver los especiales de noche de brujas de los Simpsons, para otros representa mística, temor, respeto. Todo ello girando alrededor de algo tan natural como la muerte, pero por el simple hecho de ser así, de la forma en que a todos les pasa y que nadie acepta, es vista como la última sentencia.
Aquel día, de pronto yo tenía unos catorce años, no nos dejaron entrar. Mi papá me dijo que, probablemente, era por algunos grupos satánicos que entraban al cementerio para exhumar algunos cuerpos con el fin de realizar rituales satánicos. Las circunstancias se me hicieron fascinantes.

Sin embargo, hoy decidí volver a hacer el intento, pero con la cabeza fría, eso sí. 

Vacío como lo esperaba (no sé si por la hora o por el día) se encuentra el cementerio Central, el de la Calle 26. Un ángel de la muerte espera; no, es Cronos, con  guadaña y un reloj de tiempo. No se le ve impaciente, porque sabe que cada día llegan, que al final, todos llegamos. Abajo latín, algo que me encontraré a lo largo del recorrido, imagino lo que dice, pero prefiero dejarlo pasar.

El primer camino que sigo es el de la derecha. Tumbas. Lápidas. Borrosas. Nuevas. Viejas. Fechas. Las fechas, los años, los meses, los días, giran alrededor de mí. Parece que no hay fin. Quiero tomar fotos. No se puede. Salgo, hago fotocopias, pido el permiso y empiezo, de nuevo. 

Niño de siete años. Hago las cuentas en mi cabeza y me aterra saber que él nació el mismo año que yo. Preguntas miles, silencio absoluto, reflexión. Hablo con mi papá sobre la muerte. Es extraño ¿cuál es el punto de adorar a alguien que ya no está? Eso lastima, nos hace débiles, pienso para mí. Recuerdo a alguien que se fue hace un año. La quería. Según mi papá es por tener la religión que se tiene, por el hecho de creer en la reencarnación, en aquella cena después del juicio final. El me dice que quiere que lo cremen, porque nos quitaría un problema de encima, a mi hermano y a mí. También menciona que prefiere la memoria de las personas, que no le gusta el rito de ir al cementerio a dejar flores.

Seguimos el camino, hay mucho que ver y todo tan igual. Palomas hay sobre cada tumba. Mi papá dice que son almas (la risa se apodera de mi cuerpo, “almas”). Hay criptas que llaman mi atención, gran arquitectura, diseño. Mientras los aprecio, sucede algo. Tres muchachos, drogados, se acercan. Sentí el olor a marihuana a la distancia. El porro lo lleva el más pequeño, no tiene más de doce años. Visten ropas características de la cultura del Hip Hop. Me miran rayado. Mi papá y yo los evitamos, sin embargo estamos pendientes de sus movimientos. Golpean algunas tumbas ¿por qué? Mencionan al “Mechas” y las cosas adquieren sentido. Una vez se van, nos acercamos a ver. Hay una foto sobre una lápida; los protagonistas visten igual que sus visitantes. 1994. Joven. Mil historias se pasan por mi cabeza, cada una más macabra que la anterior. Solo visitaban a un amigo. 

Continuamos y encontramos un mausoleo. Al frente, representantes de diferentes religiones sentados a la espera de alguien que los contrate para ofrecer una misa o rezo en nombre del ya ido. La atmósfera gris que ellos crean se desvanece con un anciano que alimenta a las palomas. A una, la blanca, le tiene más cariño. Pienso entonces, que él a pesar de estar cerca, está feliz. Me imagino que no se amarga por lo que sabe que vendrá, esta vez más temprano que tarde. Sonrío y continúo.

Las hermanitas Bodmer. No deberían estar, sino disfrazadas y pidiendo dulces, a pesar de que ya entre sus brazos tienen bastantes. Sabía de ellas, porque una vez un buen amigo que tuve me regaló una carta de Halloween relatando su historia. Mientras mi papá les hace sesión de fotos, aparece una señora, humilde, bajita. Dice que viene a pedirles que traigan a sus hijos de vuelta, pues están en Estados Unidos; al parecer, hace diez años el Bienestar Familiar se los arrebató. Veo la foto, son adultos que crecieron sin madre. Me quedo callada. Le duele contar su historia, pero tiene fe. Confía.

Detrás de ellas, Kopp. Su tumba está llena de flores. Pienso que debería quitarle alguna y llevársela a algún muerto que no tenga. Mejor no. Hoy no hay nadie susurrándole al oído, nadie ha venido a pedirle ningún favor.

Mientras mi papá habla por celular, camino entre las tumbas. Persigo a una paloma-alma-que se escapa volando. Cobarde. Reviso algunas lápidas. Hay una que dice 21 de enero. Escalofrío. Esa es la fecha de mi cumpleaños. Cerca hay una decorada con pegatinas en forma de corazones y de muñecas. No se le ve la fecha, pero no hay que saber quién está ahí. ¿Por qué habrá sido?
Fin del recorrido. Hoy no importaron los famosos ahí confinados. De Greiff y Garavito pueden esperar mi visita. Hoy importaron esas pequeñas  historias.

Foucault decía que, hay lugares que las sociedades pueden reabsorber y hacer desaparecer. Este, no ha desaparecido, sigue vivo. Pero no para la sociedad, sino para las personas, como si fuera una heterotopía propia de cada ser. Significa mil cosas: lugar de descanso, de simples plegarias, de visitar a un amigo.

En cuanto a mí el cementerio es el lugar donde mi imaginación vuela, donde confluyen mil historias que al final se vuelven un relato sin sentido.