11 nov 2013

20 de julio



Al salir del Portal de Transmilenio del 20 de Julio, había una calle estrecha, en la cual se escuchaba música a todo volumen. Al principio fue vallenato, más adelante, salsa. El comercio, a las nueve de la mañana, ya estaba listo para recibir a sus clientes durante el día. Los locales de ropa y las cafeterías abundaban; los vendedores ambulantes ofrecían fruta –mango, papaya, piña, salpicón, jugo de naranja-, elementos religiosos-rosarios, novenas, imágenes-, o plantas medicinales- sábila, manzanilla-. Además, y en gran abundancia, había mendigos.

Sobre el lado izquierdo de aquella calle había una entrada al complejo de la iglesia; más adelante verán por qué le he llamado así. Cuando ingresé, al lado derecho me encontré con una capilla, cuyo techo es una gran cúpula, y que al parecer queda detrás del templo  principal, ya que se puede ver cómo se alza el campanario en la parte posterior de la misma. Hoy se celebró la misa del trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario. El folleto de la misa es algo normal: oraciones, salmos, credos y publicidad-libros cristianos de 5000 y 11000 pesos-. No sé la verdad si haya necesidad de hacer propaganda hasta en ese folleto.

Lo primero que vi al entrar fue el gran letrero en letras doradas y mayúsculas, donde se puede leer YO REINARE – voy a asumir que la razón por la que no lleva tilde ese “reinaré” es porque está en mayúsculas, pero he de confesar mi molestia ante aquella falta ortográfica-. Debajo, sobre la gran pared, hay dos círculos hechos en piedra, uno dentro del otro, rodeados de formaciones en el mismo material, que dan la impresión de ser rayos de luz. En el centro de aquella decoración se encuentra el Divino Niño, en una tonalidad dorada, con iluminaciones verdosas producidas por las luces del lugar. Hoy, al parecer, según lo que me contaron personas que han asistido varias veces, no había muchos creyentes. Sin embargo, el camino que realicé para llegar hasta al frente fue difícil, pues tuve que pasar entre muchos fieles.

Debajo de la imagen había muchas flores-ramos, arreglos, algunas solitarias-. Así mismo, las personas que se encontraban más cerca del Divino Niño estaban arrodilladas, en posición de oración. Lo que llamó mi atención fueron dos cajas metálicas, ubicadas a los costados, de tamaño considerable -la altura alcanza mis caderas y la profundidad es de aproximadamente cuarenta centímetros- que llevan un letrero llamativo que dice “limosnas”. Las veladoras, que se encuentran a los lados, funcionan con monedas. Hay que meter una para que se prenda un bombillo en forma de vela, en nombre de alguna petición o de un ser querido. Observé de reojo a varias personas, y la mayoría parecía tener más fe en las monedas que iban a depositar en las cajas o en las veladoras, que en la misma oración o en su mismo credo.

Más allá de la gran pared con el Divino Niño, hay dos caminos, uno de cada lado, que llegan a la iglesia principal. Había misa en el momento en el que entré –en realidad, debido a la afluencia de gente, hay misa cada hora, desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche-. Quedé impresionada por el Cristo del púlpito, pues no parece ensangrentado, como es lo habitual en la Iglesia católica; además la gran cruz sobre la que se encuentra está girada un poco hacia el lado derecho. Algunas personas estaban de pie, pues las sillas ya las habían ocupado. Otros se encontraban sentados en el piso. Caminé hacia el final de la iglesia y llegué a la salida del templo que queda en el mismo eje del púlpito. Del lado izquierdo, en un pequeño cuarto se encuentra la tumba del padre Juan del Rizzo. El había llegado  desde Italia en 1935 al barrio. Allí se dedicó a construir la famosa iglesia, a la cual le regaló la famosa imagen del Niño Jesús. Dicen popularmente que aquella imagen ha concedido numerosos milagros.

Salí de aquella iglesia principal y me metí a otro edificio anexado. Allí solían vivir los sacerdotes, pero debido a la gran cantidad de personas que visitan al niño, tuvieron que abrirlo al público. Lo primero que pensé cuando ingresé fue que había otro sacerdote en el centro de los creyentes; sin embargo, me di cuenta de que, en realidad, todos le estaban poniendo atención a una gran pantalla  que transmitía la misa de la iglesia principal. En todo el borde de aquel lugar hay un espacio por el que las personas pueden caminar si así lo desean, sin necesidad de asistir a la misa. Hay una ventanilla en la que las personas pueden pedir misas, por 21000 pesos aunque no dicen el día en el que esta  será efectuada. Si se quiere saber, el precio es mayor. Hay también, un gran salón dedicado a la consejería espiritual, aunque  solo estaba habitado por dos personas. Finalmente, hay un gran cuarto que funciona como confesionario, en él hay ocho confesionarios, cada uno con su respectivo sacerdote dispuesto a escuchar. Antes de salir de ese lugar y dirigirme al último espacio del complejo, empezó a sonar una canción famosa entre los católicos-la cual no sé cómo se llama, entre católicos- pero cuyo nombre y melodía habrán escuchado bastantes. No logro entender por qué han robado –o de pronto no, a lo mejor Simon y Garfunkel está al tanto- la melodía de The  Sounds of Silence

Para terminar el recorrido por el complejo de la iglesia, entré a otra capilla. En realidad, pensé que era la misma del inicio, pero caí en cuenta que aquella está bajo una cúpula. La nueva capilla tiene en el centro de una gran pared la misma imagen del Niño Jesús. Esta es más restringida que la primera, ya que hay una reja que impide que las personas se acerquen demasiado. También hay una caja para las limosnas. En realidad, vi estas cajas a lo largo del recorrido. Por donde uno camine se les ve. Y siempre habrá alguien haciendo su ofrenda. Me contaron que habían construido dos capillas porque la primera no daba abasto para todas las personas que acudían.

Finalmente, terminé el recorrido por el complejo de la Iglesia. Salí a la plaza. Lo más importante en ella es, por supuesto, la iglesia, pero también el colegio selesiano Juan del Rizzo. En ese momento había otra misa en el centro de la plaza. El padre se encontraba sobre una tarima debajo de una gran carpa blanca. Algunas personas se encontraban paradas, las otras estaban sentadas en las escaleras de la plaza. En el edificio del colegio, se encuentra la tienda oficial de la Iglesia del 20 julio. Parece más una tienda de recuerdos de un museo que…no sé, supongo que algunos católicos creen que reafirman su fe o su creencia comprando esos elementos. Hay desde  pequeñas novenas y rosarios hasta grandes imágenes, discos de música, pesebres –aprovechando que ya casi es Navidad- y una camiseta con la imagen del divino Niño estampada. (Sin faltar el respeto a nadie, imaginé a un loco fanático religioso-así como hay locos fanáticos de la música Rock-llevando esa camiseta).

La plaza se va tornando más interesante a medida que uno se aleja de la iglesia. Pareciera que entre más cerca, la gente se va volviendo más respetuosa y más sumisa. Sin embargo, al alejarse las personas se desinhiben, se liberan de la carga del rito. En la esquina contraria de la iglesia, había cuatro llamas –en realidad, tres eran llamos, la otra nunca supe qué es- que sirven de atracción para los niños pequeños. Uno los sube sobre el animal y les toman una foto de recuerdo. También hay venta de juguetes y algodón de azúcar. 

Al final de la plaza, uno llega a dos calles, perpendiculares entre sí, abarrotadas de comercio. Decidí ir por la de la izquierda. En ese momento si que fue difícil caminar entre la multitud, pues esta vez, sí había multitud. Lo que más se ofertaba era ropa de todo tipo, para toda ocasión y para cada miembro de la familia. Los zapatos, igualmente, estaban a la orden del día. También había juguetes, cachivaches varios –de decoración o para la cocina- y comida. Destaco las carnes- las que yo llamo carnes raras-. Reconocí  las génovas; sin embargo había embutidos que no pude distinguir –y que me alegro de no haberlo hecho-. 

Ese es el paseo de las personas del sector el domingo. Van a misa, son devotos, rezan y dejan su donación –porque tal parece que sin donación no hay milagro-. Luego bajan al mercado y disfrutan en familia. 

Recuerdo el primer principio de las heterotopías de Foucault, que dice que cada cultura tiene y crea sus propias heterotopías para objetivar a las personas. La iglesia y el mercado del 20 de julio son el mejor ejemplo. Es un espacio propio de las personas del sector-claro que llegan habitantes de otros lugares de Bogotá, y uno puede encontrar de vez en cuando a alguien del norte- al cual se acude en busca del milagrito. Dentro de las diferentes partes de la iglesia se puede ver en las caras de muchos que creen que es verdad. Para ellos es verdad el hecho de ir a rezarle a la imagen de un niño a ver si se soluciona algún problema –lo que llama mi atención de todo esto es que para conseguirlo hay que pagar, dar una limosna, lucrar a la organización-. Ese espacio fue creado para ese propósito y las personas lo han acogido como propio. Y cabe recordar lo que mencioné más arriba, que a medida que se van alejando de la iglesia se van transformando y si, por ejemplo, van hacia el mercado, sus actitudes cambian radicalmente. Diría que son dos heterotopías metidas en una gran heterotopía. La iglesia y el mercado, juntas en lo que se denomina el 20 de julio.

Una vez terminé el recorrido me fuí.  Detrás de mí se quedaron la iglesia, y  el mercado y las personas. Solo pienso en la leyenda urbana que dice que debajo de la iglesia hay un pozo lleno de monedas, un poso lleno de milagros esperando a ser cumplidos.

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