Cuando Rufino José (porque si se le dice solamente
Rufino podría confundirse con su padre) conoció a Friedrich Pott, se presentó como cervecero. El
único idioma en común entre ambos estudiosos era el latín, por lo que Pott, uno
de los más importantes filólogos alemanes del Siglo XIX, dijo consternado
“¿Podría repetir?”, pues quizá había escuchado mal lo que el colombiano le
acaba de decir. Rufino José reiteró su profesión, después de todo, fue una
fábrica de cerveza (que había montado con su hermano), la que le había dado el
dinero suficiente para viajar a Europa.
Rufino José ya había entablado una relación epistolar
con Pott. Sin embargo, el alemán se sorprendió al conocer al filólogo
colombiano el primero de octubre de 1878. Por un lado, porque en ese entonces
era extraño encontrar a un estudioso del lenguaje que no fuera europeo, y por
otro, por la forma en que Rufino José había obtenido el dinero para financiar
su viaje al viejo continente.
Rufino José se instaló en París, pero visitó
diferentes lugares de Europa para conseguir los libros y las revistas que lo
ayudarían con su investigación para crear su mayor obra: “Diccionario de
construcción y régimen de la lengua castellana”. En uno de sus viajes, fue a
Halle, una pequeña ciudad alemana, donde conoció a Pott.
Aquello impresionó a Pott, pues en ese momento una de
las profesiones más prestigiosas en Europa era la filología, ya que el estudio
del lenguaje estaba en pleno furor. Además, un cervecero siempre sería bien
recibido en Alemania. Rufino José portaba ambos títulos, y no solo eso, sino
que además había sido autodidacta en ambas cosas.
La cervecería la fundó su hermano Ángel en un momento
de dificultades económicas para la familia. Don Rufino, el padre, había muerto
y la familia de los Cuervo había quedado sumida en la pobreza, sin esperanza, a
pesar de que la casa quedaba en esa calle de la Candelaria.
La vivienda perteneció a la familia de la madre de
Rufino José, doña María Francisca de Urisarri y Tordecillas, por lo que ella le
había pedido a su esposo que adquiriera la casa de la Calle de la Esperanza nº
4. Don Rufino no dudó en adquirir la “finca” que estaba en estado deprorable,
pero en 1838 empezaron las reformas del lugar donde la pareja criaría a sus
cinco hijos.
Fue allí donde Rufino José empezó a estudiar el
lenguaje, siendo parte de una familia acomodada, pues su padre era un
importante político que incluso llegó a ser vicepresidente. A pesar de ello,
don Rufino siempre intentó inculcarles a sus hijos valores de responsabilidad y
trabajo duro.
Rufino José y Ángel habían escuchado que en un cuarto
de la casa había un tesoro de la Colonia. Ambos eran pequeños y se habían
dejado llevar por las palabras de la gente, así que cogieron las herramientas y
empezaron a abrir el suelo. Cuando los niños estaban adelantados en la labor, su
padre entró y les dijo que cerraran aquel agujero inmediatamente “si quieren
tener dinero, búsquenlo, no debajo de la tierra, ni confiados en un encuentro
casual, sino luchando con la necesidad y por medio del trabajo honrado."
Cuando don Rufino murió en 1853, Rufino José ya había
estudiado en diferentes claustros de enseñanza latín, castellano, lógica y las
teorías de Andrés Bello. La educación guiada terminó cuando Rufino José tenía
17 años y desde entonces todo lo que aprendió fue de manera autodidacta.
La familia decaía cada vez más. A veces no había nada
de comer y si lo había, era por las míseras ventas de vinagre casero hecho por
su madre. Asimismo, Rufino José se encerraba días enteros, o incluso semanas,
por no tener ropa limpia o adecuada para salir. Además, la casa estaba
hipotecada y los vecinos se dedicaban a crear chismes de la familia. En ese
momento, a Ángel se le ocurrió la idea de formar una cervecería, la primera de
Colombia, que se instalaría en el sótano de
la casa familiar.
Ángel fundó la fábrica en 1867 con escasos recursos y
sin previo conocimiento en la elaboración de cerveza. Entusiasta con la idea,
estudió la fórmula y analizó innumerables recetas. Sobre ensayo y error,
encontró el punto para sus productos, que se llamaron “La Pola”, “Don Quijote”
y “No más Chicha”.
Al principio Ángel
hacía todo, desde elaborar la cerveza y mover los barriles, hasta
distribuirla. “Usted a lo suyo y yo lo mío”, le dijo un día Ángel a su hermano.
Ambos sabían que Rufino José no estaba destinado precisamente a ser cervecero.
“Y llévese esta idea en la cabeza: lo mío es para que usted haga lo suyo”,
reiteró.
Un día, mientras Rufino José estudiaba, escuchó un
estruendo en el sótano. Al bajar, vio cómo su hermano caminaba de un lado a
otro, moviendo los brazos preocupado mientras que las botellas y los corchos
estaban tirados en el piso. “No puedo hacer esto solo, Rufino José, necesito
contratar personal y el dinero no va a
alcanzar”, comentó Ángel. Rufino José tomó las botellas y con calma dijo “lo
haré yo”, dejando atónito a su hermano.
Cuando comenzaron había miradas y susurros respecto a la nueva
actividad de los Cuervo. “Vean en lo que han parado los hijos del doctor
Cuervo”, anotaban los bogotanos con malicia. Pero cada día Rufino José se sentía más orgulloso de su nueva profesión,
tanto así, que agregó el oficio al sumario de sus títulos y empezó a
presentarse como cervecero y filólogo.
Rufino José hacía las cuentas y los mandados. Y esto
último fue lo que más disfrutó el joven estudioso, pues conoció personas y
lugares nuevos. Además, permanecía horas en aquellos lugares para estudiar las
conversaciones: los modismos y las expresiones de la gente común. Los bogotanos
se acostumbraron a su presencia en las tiendas; ellos disfrutaban de la cerveza
de Cuervo, y él disfrutaba con sus palabras. Aquí nació su ensayo “Apuntaciones críticas sobre el
lenguaje bogotano”.
Actualmente, la cerveza de los Cuervo tendría un feo
sabor, pero en ese entonces, los bogotanos la consideraban de excelente
calidad. A la cervecería le fue tan bien, que con las ganancias pudieron
deshipotecar la casa de la familia, además, empezaron a ser conocidos como
ricos y pudientes. Su dinero no lo guardaban solo para ellos, sino que hacían
jugosas donaciones a la Iglesia. Mes a mes les daban dinero a las monjas
clarisas, que de un momento a otro se volvieron insaciables. La iglesia se
empezó a aprovechar de la bondad de los Cuervo y ellos decidieron partir para
dedicarse a lo que amaban: Ángel a la literatura y Rufino José a su diccionario
Sin nadie que los atara, pues su madre había muerto
un año después que su padre, y como ya no tenían más hermanos, vendieron la
cervecería para viajar a París. Ángel
recordó a un amigo suyo de la guerra, Juan Hincapié, a quien contactó en 1870
para venderle la fábrica. El dinero recogido bastó y sobró para que los
hermanos se pudieran instalar en Francia con comodidad hasta la muerte de
Rufino José en 1911.
El primero de octubre de 1878, Rufino José le
explicaba a Friedrich Pott cómo iba su diccionario. Era tan completo que solo
llegó a escribirse hasta la letra D. Pott seguía asombrado porque Rufino José Cuervo,
un colombiano autodidacta, se había presentado como cervecero.
Excelente investigación. Me encanta el estilo de escritura, dejas al lector en suspenso hasta el final.
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