En mis épocas infantiles solía abrir
la ventana del cuarto de mi madre, aprovechando que vivimos en un sexto piso, en horas nocturnas, para apreciar las luces
del firmamento pues mi papá me enseño a querer al cielo y a sus habitantes. En
la noche nos acostábamos sobre el pasto, sin importar el frío, a ver aquellas pequeñas luces de allá arriba.
Podían ser no solo estrellas, sino también planetas, o galaxias, o sueños.
Siempre mirando hacia arriba, anhelando
tantas cosas, suspirando por la imposibilidad de estar allí; porque mi deseo más
profundo siempre fue poner un pie fuera de la ventana, y luego el otro y abrir
los brazos y saltar y dar piruetas y girar y de aquí para allá y hola palomita
cómo estás y mira que allá voy a estudiar y estoy agotada mejor voy a la luna a
descansar.
Pero a veces se me pasa por la cabeza
que a medida que uno crece los sueños se hacen más pequeños. Es como si un
grande ya no tuviera derecho a decir que algún día quisiera volar, porque,
aquellas, son bobadas infantiles.
Ya no abro la ventana, ni me acuesto
con mi papá a ver el firmamento y sus habitantes; sin embargo, ahora que vivo
en el cuarto de mi hermano, el cual tiene un gran ventanal, subo completamente
la persiana, justo antes de dormir. Porque algo todavía me dice que cuando me
tire desde el sexto piso podré irme revoloteando por ahí.
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