10 jun 2013

Ventana



En mis épocas infantiles solía abrir la ventana del cuarto de mi madre, aprovechando que vivimos en un sexto piso,  en horas nocturnas, para apreciar las luces del firmamento pues mi papá me enseño a querer al cielo y a sus habitantes. En la noche nos acostábamos sobre el pasto,  sin importar el frío, a ver  aquellas pequeñas luces de allá arriba. Podían ser no solo estrellas, sino también planetas, o galaxias, o sueños. 


Siempre mirando hacia arriba, anhelando tantas cosas, suspirando por la imposibilidad de estar allí; porque mi deseo más profundo siempre fue poner un pie fuera de la ventana, y luego el otro y abrir los brazos y saltar y dar piruetas y girar y de aquí para allá y hola palomita cómo estás y mira que allá voy a estudiar y estoy agotada mejor voy a la luna a descansar.


Pero a veces se me pasa por la cabeza que a medida que uno crece los sueños se hacen más pequeños. Es como si un grande ya no tuviera derecho a decir que algún día quisiera volar, porque, aquellas, son bobadas infantiles. 


Ya no abro la ventana, ni me acuesto con mi papá a ver el firmamento y sus habitantes; sin embargo, ahora que vivo en el cuarto de mi hermano, el cual tiene un gran ventanal, subo completamente la persiana, justo antes de dormir. Porque algo todavía me dice que cuando me tire desde el sexto piso podré irme revoloteando por ahí.

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