Estaba en La Florida esperando a
que me trajeran un chocolate. Mientras tanto, veía las fotos de mi Bogotá
antigua, de cuando yo era estudiante. Transmilenios “mis gusanitos rojos”, me
decía. Ese odioso alcalde Lisboa Prieto los quitó, permitió que más vehículos
particulares circularan por las calles. Bogotá era oscura y a veces había que
usar tapabocas.
Mientras esperaba, un hombre que
aparentaba ser viejo se sentó en la mesa de al frente dándome la espalda. Sacó
un libro verde. “Debe ser rico”, me dije a mí mismo, pues los libros se habían
vuelto un objeto de valor. Miré a ver de qué eran las páginas y una lágrima
salió de mí al ver que era uno de botánica.
Yo no había visto plantas hacia muchísimo tiempo. El señor pasaba las
hojas y yo reconocía uno que otro dibujo. Helianthus…
¿Qué? La segunda parte del nombre no estaba, pero el dibujo ¡qué planta tan
maravillosa! La había visto cuando era niño. No me acordaba del nombre.
Necesitaba saberlo.
El señor se levantó sin haber
ordenado nada y por instinto yo me paré para seguirlo. Tenía que ver ese libro.
No pagué mi chocolate. Al salir, el señor volteó a la derecha, hacia el norte,
caminando por toda la Carrera Mujica (antes la Carrera Séptima). Para mi
desgracia, empezó a llover y solo podía pensar “que no se vaya a dañar el
libro”. El andén era estrecho y casi no podía seguir con la mirada al señor,
pero al final llegamos a la Santa María. Yo no conocía esa parte de Bogotá,
parecía otra ciudad.
Entramos a la plaza, yo me quedé
cerca de la puerta mientras que él se fue al centro, y vi un perro moribundo en
la arena. Ya no eran corridas de toros, sino de perros vagabundos. Por un
momento pensé que el señor que me tenía maravillado le iba a hacer algo malo al
can, pero lo trató con ternura y les mostraba a sus compañeros el libro con
emoción.
-Tú, ¡qué quieres?-dijo uno de sus
compañeros.
-Yo..emm…-dije asustado.
-Tranquilos, él viene conmigo y me
ayudará a buscarla-dijo el señor con una sonrisa-vamos, Patronio.
Mi nombre no era Patronio, pero le
seguí el juego, porque quería ver el libro.
-¿Sabes dónde la puedo encontrar?
La necesitamos urgentemente para usarla con el perro-dijo el señor mostrándome
la página de la flor.
-Lo siento, hace mucho no veo una
flor-dije. Aún llovía.
Él siguió caminando y yo iba tras
él.
-¡Pero claro!-volteó y me miró- ¿ya
te acordaste del nombre de la flor? Seguramente no, Patronio, porque no hay
sol.-miró al cielo. Ya no llovía.
-¿Sol?
-Girasol-él estaba exaltado.
Una vez me habían dicho en clase
que con los girasoles se podrían hacer muchos remedios. Supuse entonces que
necesitaban uno para curar al perro. ¿Dónde planeaba encontrar un girasol? Era
ridículo suponer que en Bogotá se podría encontrar una flor. Luego recordé que
una vez en las noticias habían dicho que dentro de los antiguos buses de
Transmilenio habían encontrado una margarita, creciendo de la tierra.
-En un Transm…
-En uno antiguo, sí. No está muy
lejos de aquí-me interrumpió el señor.
Fuimos, casi corriendo, al Gran
Garaje (lo que antes era el Museo Nacional). Menos mal quedaba cerca. Buscamos
uno por uno en todos los Trasnmilenios. Nada. El señor volvió a abrir la página
donde se encontraba la flor. Puede ver más de cerca. Ahí decía el ángulo que
debía tener el suelo para el perfecto crecimiento de la flor. “Muy complicado
para ser una flor”, susurré.
El señor miró al frente “allá”, y
se fue corriendo. Se metió en uno de los buses, tosió y al final salió con la
flor en la mano. “Con esto podremos hacerlo”, dijo.
-Tenla y sostén el libro mientras
me limpio, Patronio.
Por primera vez tuve el libro en
mis manos. Por primera vez pude ver la flor. El señor tosía y se limpiaba. Le
costaba respirar y se hacía de noche.
No perdí la oportunidad, no me
importó aquel señor que no tuvo la delicadeza de preguntar mi nombre. Ni me
importó el perro. Saqué el tapabocas de mi bolsillo, me lo puse y me fui.
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