Suena a cliché, sí, pero la música es la
fuerza más poderosa del mundo. Es un
lenguaje, una forma de vida. Para mí, es fuente de inspiración, algo que me
permite continuar día a día.
Yo escribí esto hace algunos meses para la
clase de Español, salió bastante bien. Antes de escribir el último párrafo me
di cuenta de que una persona, un cantante asombroso, un ícono del Rock…había
estado en mi cabeza todo el tiempo, y pensé “Esto es como un tipo de magia”.
Si usted sabe de Rock, lo suficiente, sabrá
a quién me refiero. Este hombre, su banda y la música que compusieron en su
momento me han ayudado bastante. Como dije antes, son una fuente de inspiración
y este texto, supongo, salió de mi cerebro en forma de agradecimiento.
Aquí va:
“De
lo que pasó cuando la música pinté”
Sábado
en la mañana. Desperté muy temprano para ser fin de semana, pero en mi mente
estaba ya decidido que después de desayunar iría a pintar. Al coger el pincel,
tras haber echado la pintura sobre la paleta, sentí que faltaba algo.
¿Inspiración? ¡Pero si ya venía dispuesta, ya estaba preparada desde que mis
ojos vieron la luz de sábado en la mañana! Lo tomé con calma, ya que no valía
la pena estresarme, pues así, si que no podría pintar nada.
Esta
condenada inspiración no llegaba a mí. Llegué a pensar que incluso no sería necesaria
¿Y si solo me dedicaba a pintar y ya? Pues no. No, no, no y no. Si me había
levantado de la cama con ese sentimiento de “hoy debo poner ese algo en un
lienzo” lo iba a hacer con esa inspiración correspondiente, que, sabía que era
imprescindible para que mi obra quedara perfecta.
Caminé
alrededor del cuarto, pensando, mirando, imaginando…y para evitar que el
aburrimiento me quitara las ganas que ya tenía de pintar, prendí la radio justo
en mi emisora favorita. Miré el cuadro, que estaba en blanco, y empezó a sonar
mi canción favorita, de los años ochenta, creada por un magnífico grupo de
Rock. Eso era lo que necesitaba. Música que llenara mi alma. Notas, acordes,
ritmos que cogieran de la mano a mi inspiración sentada, adormecida, y la
hicieran bailar. Mi inspiración bailo en mi mano, y mi mano, en el lienzo.
Perdí
la noción del espacio, del tiempo, de todo. Lo hubiera podido hacer con los
ojos cerrados, pero tuve el privilegio de ver su creación, de crearlo. Cuando menos me di cuenta, tras parpadear y
haber tenido los ojos cerrados tan solo por un momento me encontraba dentro de
él. ¡Dentro del cuadro!
¿Pero
era aquella realmente mi obra? Muy dentro de mí, y sigo sin saber si en mi
cabeza o en mi corazón, sabía que yo le había dado a luz. Solo confié en mis
instintos y seguí adelante. Después de otro parpadeo, me encontraba en una
ciudad, muy al estilo Londres ¡Oh mi tan magnífica Londres! Pero no, no era precisamente
la tan famosa ciudad inglesa. Tenía color en todos los edificios: rojo, azul,
morado, verde, naranja. Y el cielo era de ese magnífico rosado claro que me
recordó al algodón de azúcar.
Me
vi atrapada en esta fantástica psicodelia. Producto de mi mente, quizá gracias
al poder de la música. Tras caminar por
una calle vacía, llegué justo al frente de algo que parecía una estatua, pero que no era de bronce. La miré fijamente detallando que era de carne y hueso. Era un
hombre con camisa, pantalón y zapatos blancos y llevaba una chaqueta amarilla
que por muy absurdo que suene le hacía resaltar en este colorido mundo.
Este
sujeto no tenía cara y me resultaba extraño verlo, no poder apreciar sus ojos,
su boca, nada. Pero se las arregló para darme a entender que lo siguiera y confié
en él. Dentro de mí sabía que yo lo había creado al hacer mi pintura, y confiar
en él sería confiar en mí misma.
Caminamos
por aquel extraño retrato de Londres y de un momento a otro empezó a llover
chocolate, ¡Chocolate! Mientras miraba al cielo con cara de asombro y recogía
con mis manos el más delicioso chocolate que jamás probé, este personaje me
señalo una estatua. Era hermosa, pues representaba a una pareja de bailarines
de ballet. Se miraban el uno al otro con tal pasión, como si el amor nunca fuese
suficiente.
Mi
personaje se agachó, vi lo que debiera ser su cara que en realidad era una capa
de color piel solido. No la vi, pero pude sentir su sonrisa y sentí como sus
manos cerraban suavemente mis párpados. Mantuvo sus dedos sobre mis ojos durante
un momento muy corto, pero suficiente para poder escuchar la música de fondo. Reconocí la canción de ipso facto, recuerdo
que fue la primera canción que escuché en toda mi vida. Un escalofrío se
apoderó de mi cuerpo, me sentí feliz, empecé a temblar y sin darme cuenta, este
fabuloso personaje me dejó abrir los ojos para ver a los bailarines bailar.
Eran
estatuas de bronce bailando al sonido de la música que me llevó a ese mundo
bajo una ligera lluvia de chocolate. Todo era perfecto. Perfecto hasta que dejo
de caer chocolate, y empezó a caer agua normal. Las estatuas dejaron de bailar
y se quedaron inmóviles como se suponía que debían estar. Los colores de la
ciudad empezaron a desvanecerse, cayendo de las paredes. Así todo se tornó a un
color gris, opaco, triste. ¿Y mi personaje? Volteé y lo vi desaparecer, y aun
sin ojos, vi como lloraba. Él no se quería ir, yo no quería ir de vuelta al
mundo real, pero tras un brusco parpadeo
¡bang! Estaba otra vez en mi casa. La música había parado, la música que le había
dado vida a mi pintura, ahora le daba la muerte. Solo había silencio.
Los
pinceles estaban en el suelo, las pinturas, las paletas, todo manchando el
tapete blanco. Yo estaba tirada en el piso, somnolienta, cansada, preguntándome
qué había pasado. Me levanté,
cuidadosamente, recogí las cosas del suelo y las puse en el caballete.
Al
voltear la vi, la pintura, terminada ¿pero cómo? Si dormida en el suelo era imposible
que hubiera avanzado. ¡Oh pero que importaba! La aprecié, dejé entrar en mi
cuerpo ese aroma a óleo que tanto me encantaba. Reconocí cada cosa de la
pintura, y en ese instante recordé lo que había pasado. Ahí estaba, ese
fantástico Londres colorido, con la lluvia de chocolate, edificios coloridos,
incluso era fácil distinguir que el cielo era como el algodón de azúcar. Los
bailarines estaban situados en el centro de la pintura. Mientras que mi
personaje anónimo, se encontraba pintado en la esquina inferior derecha,
mirándome. Le vi la cara, era, él era…
Sábado
en la mañana, era temprano, me desperté con ganas de pintar algo maravilloso.
Sin bacilar prendí la radio, sonaba una canción, sonaba A Kind Of Magic…
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