Es como cuando perdíamos nuestro muñeco
favorito y llorábamos a los pies de nuestra madre rogando que lo trajera de
vuelta. La comparación puede parecer forzada pero se verá que no lo es. Ahora
soy un hombre, creado por un gran poder superior; porque a pesar de pasar mis
noches en vela leyendo a Caicedo, nunca me pude forjar a mí mismo. Sin embargo,
y contra mi voluntad, estoy en este maldito desierto, esperando órdenes para
matar al primer enemigo que aparezca. ¡Qué vida tan desgraciada! Traído al
mundo para ser yo quien lo destruya. Lo que me aterra en verdad es que no
siento dolor al oprimir el gatillo. No es adrenalina, ni emoción, pero es
sentir que al menos mi paso por este efímero mundo no es tan insignificante.
Sirvo para algo: para destruir aquello que no sirve. Y ya no importa nada, no
hay miedo ni siquiera a morir. La verdad, espero con ansias aquel momento, y me
preparo cada día para el final de mi historia. Quiero ser arena, para ir por el
viento, libre, sin tener que preocuparme por la sangre ajena en mis botas. Es
una eterna pelea conmigo mismo. El mayor horror es el apocalipsis que se hace
interior. Y que no puede ser liberado más allá de las membranas del alma, hacia
poderes y regiones sobrenaturales. A pesar de mis deseos tan desgraciados, de
volarme a mí mismo y correr lejos, aún espero a una madre que llegue con mi
muñeco, me limpie las lágrimas y me acueste a dormir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario