Debía estar
ahí. En el centro, en mi amada carrera Séptima. Llegué para hacer un trabajo
sobre la independencia, la de 1810. Sin embargo, ¿qué es independencia? el
cuento del florero se quedó viejo.
Casualidad del
destino, de pronto, que mientras leía los textos del museo sobre cómo se generó
un supuesto malentendido en el negocio de Llorente, afuera en la que es la más
representativa calle de la capital, se oían gritos pidiendo justicia,
paz, salud, educación, libertad. Porque sin un legislativo eficiente, en un
Estado donde da miedo salir a caminar, sin condiciones para tener una vida
digna, con escasas oportunidades de ser alguien (a menos de que se tenga plata,
claro) no puede existir un pueblo libre. Porque libertad dejó de significar no
pertenecer a la corona española. No quiero ser malinterpretada. Yo sueño con
gritar algún día que soy colombiana, de la Colombia libre de sí misma.
Y como lo ampara
aquel libro sagrado del Estado, tenemos pleno derecho de salir, hacernos
sentir, exigir un cambio; sin embargo, "...al discrepar en las opiniones
relativas al mejor uso y aplicación de su fuerza, los individuos que
componen esa multitud no se ayudan unos a otros sino que se obstaculizan, y por
esa mutua oposición reducen su fuerza a la nada. Como consecuencia, son
fácilmente sometidos por unos pocos que se encuentran en perfecto acuerdo"
dice Hobbes en su famoso Leviatán. Dejaré la frase al aire, tal vez algún día
la entienda con mejor perspectiva.
A pesar de ello,
mientras que a las marchas y manifestaciones que piden libertad sigan acudiendo
vándalos-los que tiran piedra y rompen bancos-nada se va a lograr. Aquellos son
quienes obstaculizan reduciendo las posibilidades del pueblo deseoso de cambio.
Quedamos en las mismas, sometidos a quienes están allá arriba, con poder.
Ahora bien,
pensemos si en realidad había necesidad de tirar piedra, pelear, dañar el
transporte público, arremeter contra la fuerza pública-porque es injusto que
digan que quien no estudia se vuelve policía, nunca se sabe si esa era su única
opción. Como prospecto de periodista, debo aspirar a la objetividad. Es cierto
que el ESMAD muchas veces abusa de su autoridad, pero también lo es que con el
simple hecho de verles, algunos arremeten en contra de ellos. Se ha convertido en un
juego a ver quien lanza la piedra más fuerte y quién responde más rápido con
gas.
Si la gente que se
dedica a formar "bonche" se une a los que deseosos de libertad,
que piden las cosas en paz, habría más peso sobre los gobernantes. El orden es
clave y lo que siempre se ve es entropía, un arma mortal. Porque en una
sociedad dispersa es más fácil gobernar a las masas.
Nunca me he
imaginado de un partido político específico. No me importan los de derecha, ni
los de izquierda. No soy roja o azul o multicolor; ni tengo una letra. Mi
utopía es aquella en la que el poder sea de todos, por todos, para todos.
Como la primera lección de periodismo: buscando el bien común.
Lograrlo, no sé. Pero sé que con persistencia por parte de todos, ordenados y con un único fin algún día estaremos orgullosos de decir: soy colombiano, de la Colombia por fin libre de sí.
Lograrlo, no sé. Pero sé que con persistencia por parte de todos, ordenados y con un único fin algún día estaremos orgullosos de decir: soy colombiano, de la Colombia por fin libre de sí.
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